| En el cuadro contiguo al de Nicodemo, quien aparece no es el legandario “Tadeo o Adai”, “uno de los 72 discipulos, enviado por Jesús para sanar a Abgar, con una tela con el rostro de Jesús grabado por Él mismo como presente”, sino Cayo Julio César Germánico Calígula. Tiene la misma forma de cabeza triangular, el mismo tipo de mentón, y de orejas, y el mismo gesto despectivo de las esculturas; en la tabla, de cuerpo entero, parece decir en forma displicente con la mano izquierda: “Sí, toma la Sábana pero deja de molestar”, mientras sostiene una copa con la derecha. Verónica ha completado su códice al relatar la forma en que se ha hecho de la Sábana por segunda ocasión. La plástica es igual a la de la pintura de Jesús en la catacumba de san Marcelino y san Pedro. Verónica busca que le crean sus palabras para que le hagan caso a su encarecida solicitud, por eso aprovecha la condición de príncipe de los judíos de Nicodemo –de la que él mismo hace ostentación en su Evangelio–, y lo pinta en un trono acorde a su dignidad. Verónica pretende, además, que la tabla sirva como un propio que Nicodemo habrá de reconocer. Pero muerta Verónica, Abgar opta por doblar la Sábana más fina con la imagen más inexplicable y hacerse su leyenda: aprovecha que Verónica ha pintado en un trono a Nicodemo y lo imposta; hará lo mismo con el Sudario: ordena a su archivero y pintor, Hanán, elaborar rostros como los de Manopello, Jaén y Alicante, en lugar de enviar a alguien a rescatar el más humilde, sucio y ensangrentado, pero inapreciable Sudario.
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