La vida en un leptón09/04/2009inicio|anterior|siguiente

En tales circunstancias y siendo un asunto de Estado, representar al emperador era, más que un honor, la forma más segura de acabar en el cadalso, tal como le sucedió a Sejano, quien condenado por Tiberio por alta traición, fue dado su cuerpo a la plebe para arrastrarlo por las calles de Roma y exterminada su familia.



Muy fundadas sospechas de que Tiberio buscaba un pretexto para deshacerse de él, habría creído tener Velosiano, cuando lo enviaba a los confines del Imperio, por expreso pedido, para asunto que ver ¡con la resurrección de un hombre!, y retornar con un discípulo de aquel hombre que obrase la milagrosa curación de la lepra que aquejaba a Tiberio.


 

Es así que Velosiano procede con finísima y perspicaz prudencia para conjurar cualquier sospecha y comprobar ante la fiscalizadora mirada del paranoico y cruel Tiberio, su fiel representación y el cabal cumplimiento de la encomienda. De manera que, recién desembarcado en Judea, se hace de un anillo con el que pudiese ostentar la representación que lleva, pero a la vez, y dado el caso, confirmase su estancia en el lugar al que ha sido enviado.
 

¿Y qué mejor que un anillo que tuviera engarzada una moneda acuñada en la ceca de Banias, en las faldas del monte Hermón, en y para la provincia romana de Cesárea Filipa, y que por ser del más humilde artificio y de la denominación más baja, a nadie le interesara sacarla del territorio donde se usaba, y por tanto fuera casi imposible hacerse de ella fuera esa jurisdicción?
 


 

De esta manera tan original y en verdad magistral, Velosiano hace la mínima ostentación de la representación que lleva ante los demandantes de su presencia y ante los residentes de Cesárea Filipa, y le procura las máximas seguridades al emperador Tiberio; es decir, a sí mismo.