El apodo de La Verónica02/04/2009inicio|anterior|siguiente
Es muy posible que Verónica siguiera viviendo fuera de la ciudad –después de 12 años de aislamiento, difícilmente se habría podido volver a acostumbrar a la convivencia familiar; y para la familia, ella también les resultaría casi una extraña; y aún quizá el esposo le habría extendido ya libelo de divorcio–, consideraría que eso le facilitaba preservar en secreto los objetos que sustraería del Sepulcro con celeridad: apenas habría tomado el Sudario puesto aparte y lo habría recogido con la Sábana que ya contenía todos los objetos, cuidándose de no ser vista al salir del Sepulcro, pues incurría en una nueva infracción.

Al llegar a su habitáculo habría extendido la Sábana, y, ante sus ojos, apareció la imagen de Jesús de Cuerpo entero, de frente y de espalda; para una mujer tan sensible como se mostró al limpiar el Rostro de Jesús para evitar que lo golpearan, habría sido más que conmovedor; y luego, al desdoblar el Sudario, habría visto el Rostro dolorido del Señor.

Verónica no pudo ocultar la maravilla, pero al divulgarla, hizo aún más patente su falta de fidelidad a la Ley, y provocó que, por burla, le pusieran por mote La Verónica (la del verdadero icono o la de la verdadera imagen), pues sólo el escarnio pudo ser la razón de ese apodo en una sociedad en la que la Ley prohibía hacerse imagen de cuanto hay en cielo, tierra y abismos. El apodo también aludirá a su vena artística.

En la catacumba de San Marcelino y San Pedro en Roma, hay una pintura de Jesús de extraordinario parecido, y cuyos gestos parecen evocar la mancha de la primera aplicación del Sudario.

Hay motivos para pensar que la pintura fue obra de Verónica, en un nuevo desdén a la Ley de Moisés, pues, como se verá más adelante, una razón muy poderosa la llevó a la capital del Imperio, y otra pintura, esta otra muy lejos de Roma, con tema aparentemente diverso pero de igual plástica, apunta directo a esta mujer como la autora de ambas. En la pintura de la catacumba Verónica capta el momento en que Jesús se detiene, voltea y pregunta: ¡¿Quién me ha tocado!?