Jesús de Nazareth22/06/2009inicio|anterior|siguiente
Sus enseñanzas sobre el amor y la misericordia debida, y su poder, capaz de calmar tempestades, multiplicar panes, sanar enfermos, expulsar demonios y resucitar muertos, hicieron crecer la fama de Jesús de Nazareth al grado de que las autoridades religiosas de su tiempo temieron ser desplazadas por Él. Lo acosaron, pero su sabiduría anonadó a sus hostigadores. Profetizó que lo matarían, pero resucitaría.

Conoció su tiempo. Luego de tres años de prédica acompañada de señales prodigiosas, anticipó la celebración de la Pascua Judía para despedirse de los suyos en ceremonia solemne, y precisarles que nadie le quitaba la vida, que Él la daba para cumplir la Voluntad de Dios, de establecer entre Dios y el género humano una Nueva Alianza, imperecedera, significada con su Cuerpo y con su Sangre, y pagar con su Sacrificio el castigo por toda miseria y rebeldía que se reconociese necesitada de Redención. Sabedor de su suerte, de terror pánico sudó

Sangre al orar en el Huerto de los Olivos en espera de su aprehensión.

Apresado a traición y al sigilo de la noche, y en juicio sumarísimo con testigos falsos condenado a muerte por blasfemia al reconocerse Hijo de Dios, sus acusadores exigieron al Procurador Romano que lo ejecutase. Al no hallar éste motivo para ello, los miembros del Sanedrín chantajearon a Poncio Pilato esgrimiendo que se enemistaría con el César de no ultimar a quien, al proclamarse Rey, desafiaba a la majestad imperial. Pilato quiso evitar tal pena, primero enviándolo con Herodes, potestad bajo cuya jurisdicción estaba Jesús en su condición de nazareno; luego, mandándolo azotar –los ejecutores del castigo se excedieron en éste y aun con burlas le coronaron con espinas–; finalmente se lavó las manos respecto a lo que en su fuero interno consideró crimen, pero claudicó impedir ante el potencial motín que le amenazaba. Los acusadores aun respondieron al gesto de Pilato apostando: Su sangre sobre nuestras 

el cielo se oscureció. A su muerte, la tierra tembló, sobrevinieron relámpagos y el velo del Templo se rasgó de arriba a abajo.

Jesús fue sepultado con prontitud para guardar la Pascua judía. El sepulcro fue sellado con una piedra, y al día siguiente fue resguardado por los soldados que dispuso Pilato a la venia de los recelosos fariseos que conocían su profecía respecto a que resucitaría al tercer día.

Despuntaba el tercer día desde su muerte, cuando la tumba se iluminó luego de rodar sola la piedra que sellaba el acceso, según pudieron ver los empavorecidos soldados. Jesús ya no estaba ahí, había resucitado. Las mujeres que concluirían su embalsamamiento luego de la Pascua, y los dos más cercanos discípulos que alertados por éstas corrieron hacia la tumba, sólo hallaron en ella la Sábana con la que lo cubrieron, allanada con las vendas, y, doblado aparte, el Sudario que había estado sobre su cabeza.

cabezas y las de nuestros hijos.

El también llamado El Cristo (Ungido) cargó la cruz en la que fue clavado fuera de la ciudad de Jerusalén, a la vera del camino, en medio de burlas, ironías y sarcasmos. Murió con prontitud –3 horas– debido al múltiple y terrible martirio que soportó, tiempo durante el cual