Juan señala que cuando Pilato fue informado de la muerte de Jesús, se sorprendió por lo rápido de su deceso. Los forenses coinciden que murió por asfixia, pues en indicio el vientre abultado que presenta la impresión del cuerpo en la Sábana. Los brazos en cruz impiden respirar por la opresión de los músculos intercostales; para vencer esa opresión el crucificado debe elevarse apoyándose en los pies. Los forenses informan que una persona con el cuerpo suspendido sólo de los brazos, sin apoyo de los pies, tarda unos 20 minutos en morir.

En esta foto de entre 1953-54, el Dr. Pierre Barbet, eminente forense que estudió el martirio y muerte del Hombre de la Sábana, toma los signos vitales a un voluntario crucificado. Obsérvese cómo éste se eleva y curva el cuerpo para poder respirar. El apoyo lo ejerce sobre la parte media de los pies, a la altura de donde penetraron los clavos a Jesús. Mientras hay dominio de las piernas los brazos sirven sólo para suspenderse.

Sin embargo, en el caso de Jesús, la huella del arrastre del pie derecho en la Sábana indica que el talón estaba en carne viva por los esfuerzos de Jesús para apoyar sobre éste casi todo el peso de su cuerpo mientras tuvo dominio de sus piernas.

El suplicio más cruento que sufrió Jesús fue el de tener que producirse Él mismo dolores de paroxismo para poder respirar. Los pies de Jesús fueron clavados con un solo clavo, obligándolos a girar de forma que el punto de apoyo (el clavo) fue el del momento de vencimiento; en cuanto Jesús se apoyó en sus pies para respirar, su peso provocó la torcedura, el esguince de las articulaciones (flechas amarillas) y luego la dislocación de los huesos del tobillo del pie derecho (flechas rojas). En la Sábana se ve cómo las partes afectadas por muy notable inflamación son las de los tobillos que aparecen deformados, no los empeines perforados. De que Jesús llegó hasta la dislocación lo confirma que en la Sábana aparezcan, a la vez, las heridas de las pantorrillas (flechas naranja) y la planta del pie derecho, ambas por contacto directo con la Sábana en el plano de la losa funeraria.

Esto nos lo confirman las huellas de las heridas por los clavos en pies y manos, en la Sábana y en el Sudario, el cual tiene un registro más completo de las heridas por los clavos; en la Sábana no se grabó la herida de la mano derecha, que es el patrón del tamaño original de las heridas por los clavos. Pero en el Sudario no hay huella de ninguna herida por entrada de clavo, mientras que la Sábana registró la del empeine del pie izquierdo. De la mano izquierda, el Sudario recogió la huella de la herida sin la sangre del contorno porque ya se había secado; la Sábana sí la recogió pues al estar mojada hidrató la sangre que había fluido de la herida. La herida de esa mano abarca 24 veces más superficie que la herida de la mano derecha; el estrago habrá sido mayor si se considera la elasticidad de la piel. La herida del pie izquierdo es de un tamaño cuatro veces mayor que la herida del pie derecho, que coincide en tamaño con la de la mando derecha; esto indica que, al igual que el brazo derecho, el pie derecho estaba inutilizado; Jesús lo usó sólo para apoyar el pie izquierdo. Los cinco registros de la herida del pie derecho en el Sudario nos ayudan a tener idea de la dificultad que implicó acomodarlo al yacer el Cuerpo, por la tremenda dislocación que sufrió Jesús en ese pie.

Del anterior análisis se deduce que Jesús no murió tan pronto, antes bien, duró mucho con inimaginables dolores a cuestas: No habría pasado Jesús ni una hora en la Cruz, cuando perdió el dominio de sus piernas por los calambres, esguince y dislocación. Su cuerpo quedó pendido sólo de sus brazos; no podía arquearlo para respirar, el aire le entraba a los pulmones en forma muy limitada, pues tampoco podía elevar la cabeza para jalar el aire, impedido por la corona de espinas que se le encajaba y le provocaba profundos dolores de cabeza y músculos. El brazo derecho luxado le obligó a tener como apoyo sólo su brazo izquierdo, con el que debió cargar todo su peso, duplicado por la ley de los vectores. Por cada exhalación, por cada inhalación, el solo brazo izquierdo empujaba hacia arriba y hacia ese lado 160 kilos arrastrando sobre el madero la espalda terriblemente lacerada por 120 azotes. A los intensísimos dolores de las llagas en todo el cuerpo se sumaba el de la copiosa sudoración que las hacía arder; y a ello los terribles dolores de los nervios medios provocados por los clavos en las muñecas, pues aunque no forzara el brazo derecho, inutilizado, la tracción del brazo izquierdo en cada respiración, lo dañaba. Pero nada comparable al dolor del nervio medio del brazo izquierdo, la herida ahí aumentó 24 veces durante la crucifixión. El Dr. Barbet decidió no presentar sus conclusiones como un informe forense, en cambio, escribió “Un cirujano en el Calvario”, para narrar estos sufrimientos, que le habrían provocado a Jesús dos o tres síncopes. El Dr. Zugibe ha sintetizado todos estos dolores de paroxismo como “una sinfonía de dolor”. Todo esto, por tres horas, al punto que todos esos dolores conjugados y aumentando hacen exclamar al Dios-Hombre: “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?”

Y así como el Cuerpo impreso en la Sábana y la Sangre impresa en el Sudario son testigos del Sacrificio de Jesús, la Ley y los Profetas son los Dos Testigos con los cuales hay que contrastar el Sacrificio de Jesús para certificar su calidad redentora.

Hasta ahora se ha puesto el énfasis en las profecías que describen los sufrimientos de Jesús. En cambio, los requisitos del Sacrificio Redentor están contenidos en la Ley de Moisés.

Los judíos tenían cuatro tipos diferentes de sacrificio: de holocausto, para honrar a Dios; de anatema, para apartar de sí todo aquello que los apartase de Dios; de comunión con Dios y su comunidad; y de ofrenda u oblación, para cumplir con sus deberes hacia el Templo y el rito, y que contemplaba primicias y diezmo. A estos hay que añadir dos más: el del pacto o alianza con Dios, y el de consagración o institución del sacerdocio. Respecto a Jesús, la eucaristía es inseparable de su muerte y resurrección. Define todas las calidades del sacrificio redentor, y lo actualiza.

El sacrificio de holocausto tiene su referente en el sacrificio que haría Abraham de su hijo Isaac, sustituido por un macho cabrío. Dios, en cambio, no sustituyó a su Hijo, nos lo entregó para que en sacrificio se lo entregáramos. Y así lo explicita Jesús en la institución de la eucaristía: “Este es mi cuerpo que será entregado por ustedes”. Esta es una lectura diversa de la que le damos, de que se entrega en nuestro lugar, que también es pertinente en el caso del sacrificio de anatema, pero aquí hablamos del sacrificio de holocausto.

También leemos que Abraham entrega al rey sacerdote Melquisedec la décima parte de su hacienda, junto con pan y vino, que Melquisedec ofrece a Dios en nombre de Abraham. Es clara aquí la prefiguración de la eucaristía como sacrificio de ofrenda u oblación que nos obliga al diezmo.

Y leemos que, para el pacto que Dios establece con Abraham, le demanda una becerra, una cabra, un carnero, de tres años los tres, mas una tórtola y un palomo. Las tres primeras víctimas, partidas por mitades, representan a Jesús, que predicó tres años, y a Dimas y Gestas. En tanto que la tórtola y el palomo representan a María, su madre y a Juan evangelista, que no se apartaron de Jesús en la cruz, y así compartieron su dolor y su ignominia.

Ya a través de Moisés, Dios demanda a los israelitas el sacrificio de un cordero, que debía ser sin mancha, perfecto, y al que no se le debía fracturar hueso alguno, que habrán de comer en familia, parados, y acompañado de hierbas amargas, y señalar las jambas de sus puertas con su sangre, a fin de que el Ángel Exterminador respetara la vida de sus primogénitos, y el cual dio cuenta de los primogénitos de los egipcios, hombres y ganado. Una vez liberados de la esclavitud, este fue el primer sacrificio que Dios les demandó reiterar año con año a los israelitas, para celebrar Pésaj o Pascua, y es de holocausto y comunión. Jesús, primogénito, muere de pie en vísperas de Pascua, bebe el cáliz de amargura y señala con su sangre la jamba de la cruz. Así nos libra del exterminio por contumacia y nos hermana.

Para celebrar el pacto de la Ley con Dios, Moisés ordenó sacrificar tantas reses según cuantos habrían de comer: todo el pueblo. Y tuvo el doble carácter de holocausto y comunión. Respecto al sacrificio de Jesús, él mismo casi repite la fórmula de Moisés: “Esta es la sangre del pacto que el Señor ha hecho con ustedes, según todas estas palabras” (Ex 24:8), mientras rociaba al pueblo con la sangre de las víctimas, en tanto Jesús explicita que su sangre es “de la alianza nueva y eterna”. La multiplicación de la Eucaristía cumple esta función festiva.

Para castigar al pueblo idólatra y la debilidad de Aarón y demás sacerdotes, que hicieron el becerro de oro que el pueblo les demandaba para adorar, dado que Moisés no bajaba del Sinaí, cuando al fin bajó, ordenó que los sacerdotes fieles a Dios tomaran su espada, y matara cada cual a su hermano y a su amigo, con lo que perecieron tres mil sacerdotes e israelitas, y los sobrevivientes quedaron así consagrados a Dios (Ex 32, 26-29). Jesús muere con Dimas y Gestas para purgar la contumacia sacerdotal y la debilidad del pueblo, y su muerte nos consagra.

Para consagrar al sacerdocio a Aarón y sus hijos, Dios ordenó a Moisés sacrificar un becerro y dos carneros. Las viseras del becerro se quemaron en la entrada de la Tienda de la Presencia o Tabernáculo, mientras que su piel, carne y excrementos se quemaron fuera del campamento. Es decir, fue víctima de anatema por los pecados. El primer carnero se incineró completo ante la Tienda de la Presencia, como víctima de Holocausto. Del segundo carnero, el de la consagración, se usó su sangre para untar el altar, a los que se consagraban, y los vestidos sacerdotales. Parte se quemó frente a la Tienda de la Presencia junto con tres diferentes tortas o panes sin levadura, y parte se reservó para que lo comieran los sacerdotes con el restante pan ofrendado, que con este sacrificio se consagraban (Ex 29, 1-33). El becerro en anatema representa a Gestas, el primer carnero en holocausto representa a Dimas, el ladrón al que Jesús le promete el paraíso, y el carnero de la consagración representa a Jesús, que hace explícitos en la última cena los gestos de la sangre y el pan.

La fiesta de Shavuot o Pentecostés, les recuerda a los israelitas la recepción de la Ley dada a Moisés en el Sinaí, cincuenta días después de la Pascua, y en esta fiesta entregaban las primicias de sus cosechas. Jesús concluye la Última Cena proponiéndonos un nuevo mandamiento: que nos amemos los unos a los otros como él nos ha amado. Y en Pentecostés derrama su Espíritu Santo, Espíritu de la Ley, del que recibimos la inspiración y las fuerzas para la empresa del amor.

Con la fiesta de Sucot, las Tiendas o Tabernáculos, que se celebra una semana después de Yom Kipur, los israelitas recuerdan por una semana que fueron peregrinos en el desierto. Aprovechaban esta fiesta para entregar la décima parte de sus cosechas y ganados, y hacían una ofrenda de agua para lavar los altares. En el caso de Jesús, consagra a sus discípulos como altares al lavarles los pies, y explicita a la vidente del Señor de la Misericordia que los rayos blancos que salen de su corazón, provienen del agua que salió de su costado, que representa los sacramentos del bautismo y de la confesión. Es decir, de igual manera nos lava y nos consagra como altares en los que ofrendamos nuestra vida a Dios.

Si bien las tres fiestas que obligaban a peregrinar a Jerusalén eran Pascua, Pentecostés y Tabernáculos, la fiesta más grande del judaísmo es la de Yom Kipur, diez días después de la fiesta de las Trompetas o Rosh HaShanah, con la cual inicia el periodo de los diez días terribles, destinados a realizar cada cual un examen de conciencia para expiar y tener conciencia por qué faltas y pecados pedir perdón.

Cuando la Ley le fue dada a Moisés, el año hebreo daba inicio hacia marzo o abril, con el mes de Abib o Nisan. Al ser deportados a Babilonia adoptaron el calendario caldeo, y a su regreso a Cananea su año se había recorrido seis meses, con lo que desde entonces inició en Tishrei, su otrora séptimo mes, entre septiembre y octubre. Si respecto a las otras fiestas la Ley señala el nombre del mes en que habrán de celebrarse, respecto a Yom Kipur estipula que será el día décimo del mes séptimo, nunca enuncia el nombre del mes, sólo su número ordinal (Lv. 23: 27; 25: 9; Núm 29: 7). Dado que Tishrei significa perdón, los israelitas continuaron celebrando Yom Kipur en ese mes, y omitieron recorrerla, como su Ley les demanda, al mes de Abib o Nisan, que desde entonces fue el séptimo mes de su año. Y puesto que el séptimo mes debía iniciar con el novilunio para la fiesta de las Trompetas, que por lo mismo tampoco recorrieron, Jesús murió en vísperas de Yom Kipur según la Ley, de acuerdo al calendario que adoptaron. Es así que, de forma misteriosa, Jesús murió en víspera de Pascua y de Yom Kipur.

En todo el Nuevo Testamento se encuentra sólo una cita, en la “Carta a los Hebreos”, que explicita el paralelismo entre la muerte de Jesús y los sacrificios de expiación en Yom Kipur, que debían consumarse fuera del Templo y de la ciudad (Heb 13: 11-12).

Yom Kipur se celebró de una manera en tiempos de Moisés y hasta la deportación a Babilonia (Lev 16). Se le introdujeron cambios al regreso del exilio y hasta la destrucción del Templo (“Yom”, de la “Mishná” del “Talmud”). Y después de la destrucción del Templo en el año 70, hacia el año 90 el Sanedrín de Yavne fijó la forma en la que se celebra hasta el día de hoy. Estos son los paralelismos o incidencias entre los gestos legales y sacrificios exigidos para la fiesta de Yom Kipur, y el sacrificio de Jesús:

1. Una semana antes de la fiesta, al Sumo Sacerdote y a su sustituto en caso de que algún incidente lo inhabilitara, se les separaba en la Cámara de los Consejeros. En tales días el Sumo Sacerdote debía asperjar sangre, quemar incienso, cuidar las lámparas, ofrecer la cabeza y las patas del animal sacrificado, y practicar la compleja liturgia de la ceremonia de la fiesta. En el caso de Jesús, entra triunfal a Jerusalén y desarrolla en el Templo la semana más intensa de su magisterio.

2. De las cuatro víctimas a sacrificar por Yom Kipur, el sumo sacerdote debía pagar el novillo de su bolsa. El sumo sacerdote Caifás y sus sustituto Anás, pagaron a Judas treinta monedas de plata para que les entregase a Jesús.

3. En el Templo, el sumo sacerdote debía velar la víspera. Y dos discípulos de los rabíes vigilaban que este no cayera en sueño. Si caía en sueño le chasqueaban los dedos y lo exhortaban a espabilarse. La víspera de su muerte Jesús vela en oración, y en dos ocasiones se aproxima a despabilar a sus discípulos que, vencidos por el sueño, no lo han podido acompañar en su vela y en sus plegarias.

4. En Yom Kipur un sacerdote salía a advertir el alba y retornaba al Santo para anunciarla, con lo cual iniciaba la compleja ceremonia principal. Jesús vuelve con sus discípulos y los levanta para anunciar que ya vienen a apresarlo.

5. La Torá demanda sacrificar cuatro víctimas en Yom Kipur: un novillo, dos machos cabríos y un cordero. A tres se las mataba, y a una, el cabrito para Azazel, el demonio que enseñó a usar armas a los hombres y cosméticos a las mujeres según el Libro de Enoc, se le liberaba en el desierto. Con Jesús mueren dos ladrones, mientras que Bar Abbas es liberado.

6. Si los dos cabritos presentados para Yom Kipur debían tener el mismo aspecto, Jesús de Nazaret y Jesús bar Abbas compartieron el mismo nombre y sobrenombre: Hijo del Padre.

7. En Yom Kipur el destino de los cabritos se echaba a suertes, y Pilato dejó a la suerte a quién liberaría entre Jesús y Bar Abbas, al preguntárselo a la plebe.

8. Las tabletas con las que se decidía la suerte de cada cabrito, rezaba una “Para YHWH”, y la otra “Para Azazel”. El letrero de la cruz de Jesús rezaba en hebrero: “Yahshua HaNosri WeMelej HaYahudim”. Mediante notaricón o acróstico se lee el tetragrámaton, “YHWH” el nombre de Dios

9. Según cayeran las tabletas, se le indicaba al Sumo Sacerdote levantar uno u otro brazo, y este profería: “Para Yahveh”, para señalar que el cabrito de tal lado se destinaba a Yahveh. En la cruz Jesús promete el Paraíso al ladrón arrepentido, y así lo destina para Yahveh.

10. En Yom Kipur el sumo sacerdote revisaba a las víctimas que se le presentaban y vemos que Pilato interroga a Jesús.

11. Al igual que el sumo sacerdote, Pilato cumplió con el lavacro ritual al lavarse las manos.

12. En Yom Kipur el sumo sacerdote declaraba la perfección de las víctimas, Pliato no halla culpa en Jesús y declara su perfección: “soy libre de la sangre de este justo”.

13. Después del exilio se le comenzó a amarrar un listón rojo de lana al cuello al cabrito para Yahveh, y un listón rojo de lana a la cornamenta al cabrito para Azazel, en recuerdo de la profecía de Isaías de que los pecados rojos como la grana, cual la lana blanquearán para el arrepentido. Para burlarse de Jesús, los soldados que lo han azotado le colocan una corona de espinas (cornamenta) y le amarran al cuello un trapo rojo inmundo a modo de capa.

14  Tras declararas aptas, el Sumo Sacerdote presentaba a las víctimas a Dios y a la Asamblea. Pilato Presenta a Jesús: “He aquí al Hombre” (Ecce Homo).

15. Así como los sacrificios de Yom Kipur tenían lugar fuera del Templo y de la ciudad, Jesús y los ladrones murieron fuera de la cuidad.

16. La Ley prescribe la cuarta víctima, el cordero, para expiar los pecados de los gentiles. Al inicio de su vida pública, Jesús se aproxima a Juan el Bautista en el Jordán, este lo señala a sus discípulos y les dice: “He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

17. En Yom Kipur los fieles reconocen sus pecados. Ante Jesús, Dimas reprocha a Gestas su impiedad en tanto reconoce que ellos tienen culpa qué expiar, en tanto que Jesús nada debe.

18. En Yom Kipur los fieles solicitaban el perdón de sus pecados. Dimas pide a Jesús que se acuerde de él cuando esté en su Reino.

19. En Yom Kipur el sumo sacerdote proclamaba que los pecados “serán perdonados viendo que todo el pueblo estaba en la ignorancia”. Desde la cruz Jesús pide: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.

20. Antes del exilio, en Yom Kipur se liberaba en el desierto al cabrito para Azazel. En el caso de Jesús, Pilato libera a Bar Abbas.

21. Después del exilio se dejó de liberar al cabrito para Azazel, y se le despeñó en el Monte Tzuk. Al colgarse Judas, se rompió el cuello y se despeñó.

22. Para asegurarse de que lo fieles no tocaran a las víctimas, después del exilio se comenzó a levantar una calzada con andamios por el que en Yom Kipur los sacerdotes sacaban a las víctimas fuera del Templo y de la ciudad. En el caso de Jesús, la Sábana y el sudario consignan cómo se manipuló el cuerpo de Jesús sin tocarlo, mediante las vendas, el Sudario y un varal que se usó a modo de anda.

Por eso, al aparecérsele a Maria Magdalena, Jesús le advierte: “No me toques, que aún no he subido al Padre”.

Con esto también podemos tener idea de la dimensión corredentora de María, impedida de tocar a su hijo en la cruz para consolarlo; y ya muerto, para despedirlo.

Y adquiere su enorme estatura la humildad de Jesús que, para convencer a Tomás de su resurrección tal como exigiera a sus condiscípulos, le ofrezca su costado para que meta la mano, y las heridas en las manos para que meta su dedo, sabedor de que si lo tocaba, invalidaba su sacrificio redentor.

Así pues, no es ocioso que celebremos la Misericordia Divina el segundo domingo de Pascua, cuando Jesús toma el desafío de Tomás.

Por misericordia Dios impidió que Tomás tocara a Jesús, pues leemos que como respuesta Tomás cayó de rodillas y exclamó: “Señor mío y Dios mío”, y así permaneció válida la redención llevada a cabo por Jesús en la cruz.

23. En Yom Kipur el sumo sacerdote debía sacrificar a las víctimas mediante una incisión perfecta, y de no hacerlo, debía repetirla con otro animal.

El propio Jesús dice a la vidente de Faustina Kowlaska que recibió la herida en el costado cuando su corazón daba el último latido. De esta manera Jesús, además, fue rescatado de morir por asfixia, la muerte natural de la crucifixión, pero que habría invalidado su sacrificio mesiánico, pues la Ley considera maldita la muerte por asfixia o ahogamiento, y la descarta para las víctimas de sacrificios.

24. Como al cordero pascual, que no se le debía romper ningún hueso, las víctimas de Yom Kipur eran seccionadas en diez partes cada una, cuidando no romper ningún hueso. Respecto a Jesús, el hombro derecho y los pies se le descoyuntaron, no se le rompieron. Tampoco, como antes se interpretó, algún golpe le desvió o rompió el tabique a Jesús, pues la curvatura que se aprecia en la impresión de la nariz en la Sábana, se debió a la colocación del tefilin y al giro de la cabeza una vez que se le colocó encima la Sábana.

25. Era en Yom Kipur la única vez en el año que el sumo sacerdote traspasaba el velo del Templo para ingresar al Santo de los Santos donde se encontraban el Arca de la Alianza y el Propiciatorio. Al acontecer el terremoto a la muerte de Jesús, el velo del Templo se rasgó de arriba a abajo.

26. Antes del exilio, en Yom Kipur el sumo sacerdote asperjaba sangre en el Arca y el propiciatorio. El 6 de enero de 1982, Ron Wiatt descubrió en Arca y el Propiciatorio en una gruta bajo el lugar donde se crucificó a Jesús, cuya sangre cayó por una grieta abierta por el terremoto, hasta el propiciatorio.

27. Ocultados el Arca y el Propiciatorio a consecuencia del exilio, al regreso de este no se les halló, de forma que en Yom Kipur el sumo sacerdote asperjaba su memoria derramando sangre en el piso. Por el múltiple martirio de que fue víctima, Jesús derramó profusamente su sangre en el piso.

28. En Yom Kipur el sumo sacerdote incensaba el Arca y el Propiciatorio. Antes de morir, Jesús declara “Todo está cumplido. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Cumplir la voluntad de Dios es el acto excelente de adoración.

29. Mediante un correo con banderas, en Yom Kipur treinta sacerdotes hacían llegar al sumo sacerdote en el Templo la noticia de que el cabrito para Azazel había muerto despeñado en el Monte Tzuk. Pilato ordena al centurión encargado de las ejecuciones, que en cuanto muera Jesús le envíe un mensajero a informarlo.

30. Desde la destrucción del Templo, uno de los ritos que cumplen los hebreos en Yom Kipur, es la visita a sus muertos en los sepulcros. Al morir Jesús, varios sepulcros se abrieron y sus muertos volvieron a la vida.

31. El cabrito para Azazel tenía como destino expiar los pecados en los infiernos. Al morir Jesús, varios muertos salieron de sus tumbas, mientras él es sepultado según la costumbre judía. Según las “Actas de Pilato” o “Evangelio de Nicodemo”. obraron los testimonios escritos de los muertos Alejandro y Rufo, que respondieron al conjuro de José de Arimatea para apersonarse en el Templo, y en los que dieron fe de cómo Jesús irrumpió en los infiernos para rescatar a los justos. Marcos en su Evangelio (15:21) y Pablo en su Carta a los Romanos (16:12) señalan que Simón de Cirene, el que ayudó a cargar la cruz a Jesús, era el padre de Alejandro y Rufo. Estos datos sólo nos permiten saber que Alejandro y Rufo estaban ya muertos y sepultados al morir Jesús, y que su misteriosa aparición después de muertos es la razón por la que Marcos y Pablo los citen en relación a Simón de Cirene. Y que el hecho tuvo efecto, está consagrado como artículo de fe en el Credo de los Apóstoles.

32. En memoria de los sacrificios de Yom Kipur tras la destrucción del Templo, los israelitas practican en la víspera el rito del kaparot: le dan tres vueltas sobre sus cabezas a esas aves mientras recitan tres veces la fórmula de expiación vicaria: “Este ave ocupa mi lugar, me reemplaza y es mi perdón. Este ave va a la muerte y yo entraré en vida larga y pacible”. La víspera de su muerte Jesús le profetiza a Simón Pedro que antes de que el gallo cante, él lo negará tres veces.

33. A partir de la destrucción del Templo, los israelitas sustituyeron los sacrificios que tenían lugar en éste, con el estudio de la Torá. Jesús, La Palabra encarnada, muere cuando la disputa por La Palabra inspirada escala al robo de los Libros del Templo, y pese a que Él mismo hizo acotaciones a la Ley para sublimarla, su muerte se ajusta minuciosamente a lo que la Ley demanda para cada sacrificio.

Ron Wyatt, separó parte de la costra de sangre que hallo en el propiciatorio para llevarla a analizar. Se encontró que era sangre humana viva pese a haber estado seca dos mil años, mas, en lugar de contener los 46 cromosomas habituales: 23 de la madre y 23 del padre, contenía 24 cromosomas, lo que implicó que 23 cromosomas provenían de la madre, y sólo uno, aquél que definió la sexualidad, provino del Padre. La sangre certificó así la concepción virginal de Jesús. Por esta singularidad, se puede asociar a Jesús con el último sacrificio israelita, el de la vaca roja, que también debía sacrificarse fuera de la ciudad, y cuyas cenizas servían para hacer las aguas lustrales con las cuales se asperjaban sitios y fieles para purificarlos.

Al menos seis cosas se desprenden de esta serie de paralelismos o incidencias entre la muerte de Jesús y todos los sacrificios en Israel, en particular con el complejo rito de Yom Kipur.

La primera es la enorme dimensión de la humildad de Jesús, que en todo se sujeta a la Ley mosaica y a lo que las autoridades religiosas dispusieron en nombre de Dios. Y así vemos que Dios no reniega de sus representantes, por muy indignos que sean. El mismo Jesús anticipó que primero pasaría el mundo antes que dejara de cumplirse un ápice de lo que la Ley dispone. Es al cumplir la Ley de manera perfecta, que Jesús nos rescata de la letra muerta de la Ley sin el espíritu de amor que la prodiga, y que resume en amarnos como Él nos ha amado.

Una segunda es la perfección que alcanza Jesús en su sacrificio, abandonándose en las manos de su Padre. Por ello es glorificado, y así el Antiguo Testamento adquiere su verdadera dimensión figurativa y su carácter profético del Acontecimiento Redentor: lo que antes fue o se escribió, pasó porque debía anunciar la consumación del Acto Excelente.

La tercera es que Jesús, víctima perfecta, en cuanto Redentor asume todas las víctimas de todos los sacrificios, lo cual se hace patente en Yom Kipur, donde es a la vez el novillo, el cabrito para Yahvéh, el cabrito para Azazel y el cordero, además de ser también el sacerdote. Sin embargo, el sacrificio compartido con los ladrones también figura la necesidad del sacrificio del creyente. El mismo Jesús anima a tomar su cruz a quien desee seguirlo (Mt 16: 24). Mas también nuestro sacrificio debe estar incorporado a Cristo, incorporación reflejada en la fórmula litúrgica: “Por Cristo, con Él y el Él”

La cuarta es ver cómo la fiesta de Yom Kipur está incorporada al calendario cristiano en la Pascua. Pero ahora sublimada por la Redención: Al reconocimiento de la culpa y la expiación, responde la Divina Misericordia, fiesta inserta en el segundo domingo de pascua desde el inicio del tercer milenio.

La quinta es ver cómo la liturgia de la Misa recoge todas las calidades del sacrificio redentor de Jesús que aquí se han advertido, y que cabe reseñar: ya al inicio de la Misa nos reconocemos pecadores necesitados de purificación y salvación. La Liturgia de La Palabra ahora nos recordará que Jesús, La Palabra hecha carne, murió en medio de la disputa por La Palabra inspirada. La oblación de las ofrendas puede servirnos ahora para medir el propio grado de solidaridad y compromiso. Con la consagración del pan, cuerpo de Cristo, se cumple el sacrificio de Holocausto, en tanto que la consagración del vino, sangre de Cristo, se cumple el pacto de la Alianza nueva y eterna, y el sacrificio de anatema para el perdón de nuestros pecados. Con la intercesión y la doxología ya citada, de «Por Cristo, con Él y en Él», el sacerdote nos introduce en el sacerdocio de Cristo. Para que ya no nos pase inadvertido, hay que saber que el Padrenuestro tiene una composición muy semejante al Kadish, la plegaria que recitan los judíos sólo en ocasión fúnebre, y con un quórum mínimo de diez personas. Es aquí y así que, operando nuestro sacerdocio, y entregándonos a la voluntad de Dios, morimos a nosotros mismos, sobre todo con el don del perdón irrestricto. Y sólo después de esto, es que podemos dar y recibir la paz, y participar del sacrificio de comunión, por la Pascua de Jesús, por su Alianza, por nuestro peregrinar en esta vida, y para hermanarnos. Según la fórmula de consagración, es el sacerdote el primero en comulgar, para recordar su propia consagración sacerdotal. Siendo consecuentes con el requisito de no tocar a la víctima, recibamos la eucaristía en la boca, nunca en las manos. Si los judíos necesitaban toda una vida para vivir los sacrificios del Pacto y de consagración, y apenas una vez por año participar de los sacrificios de Pascua y Yom Kipur, los cristianos tenemos la oportunidad de actualizarlos cada día, o al menos cada domingo.

Y la sexta es que estos paralelismos, velados durante dos mil años, ahora le revelan indefectiblemente a Israel a Jesús como el Mesías Redentor que han esperado. Y que, cumplida la Redención, de acuerdo al Salmo 110,1 que dice “Siéntate a mi diestra hasta que ponga yo a tus enemigos como estrado de tus pies”, compete a Israel como Pueblo Elegido por Dios, preparar el mundo para el segundo advenimiento del Mesías, esforzándose por ser “justo entre las naciones”. Acaso por conocer las incidencias reseñadas y sus implicaciones, 25 rabinos redactaron el documento “Hacer la voluntad de nuestro Padre en el cielo: hacia una asociación entre judíos y cristianos", avalado por más de 2 mil rabinos ortodoxos, signado el 8 de diciembre de 2015 y divulgado en el Vaticano el 11 de diciembre de 2015, a propósito del quincuagésimo aniversario de la promulgación de la declaración apostólica “Nostra Aetate” sobre el diálogo interreligioso, en el cual reconocen que Jesús cumplió majestuosamente con la Ley de Moisés, que el cristianismo forma parte del Plan de Dios para el mundo, y que de ninguna manera separados judíos y cristianos, podrán llevar a cabo el Plan de Dios para el mundo.

Finalmente, una advertencia. Así como al bajar del Sinaí Moisés rompe las tablas de la Ley y destruye el becerro de oro, estas telas, en las cuales se encuentra grabado el Nuevo Mandamiento de amarnos los unos a los otros como Cristo nos ha amado, podrían ser destruidas como consecuencia de la apostasía de los cristianos que idolatran la guerra, según denuncia Pablo: “Tú que te glorías en la ley, transgrediéndola deshonras a Dios. Porque, como dice la Escritura, el nombre de Dios, por vuestra causa, es blasfemado entre las naciones” (Rm 2 23-24). Pues en Isaías se lee: “Porque toda bota que taconea con ruido, y el manto rebozado en sangre serán para la quema, pasto del fuego” (9,4). Antes de que esto suceda, se lee en el Apocalipsis: “Pero haré que mis dos testigos profeticen durante mis doscientos sesenta días, cubiertos de sayal” (11,3) —los dos testigos, ya se ha dicho, son el cuerpo y la sangre de Cristo que grabaron su impronta en el sayal: la Sábana y el Sudario—Tomemos conciencia que los dos testigos ya iniciaron su misión profética.