Los propios Rollos del Mar Muerto dan la pista sobre la motivación para su robo, y quién o quiénes pudieran estar detrás del mismo. Los más antiguos, de hasta cuatro o cinco siglos antes de Cristo, están en letra caldea o arameo y hebreo arcaicos; los más recientes, escritos ya en vida de Jesús, están en letra cuadrada o sirofencicia, o arameo y hebreo protomasoréticos. El cambio de letra se opone al escrúpulo hebreo por conservar la Tradición, y se adivina un ardid que llamasen “masorética”, es decir, “tradicional”, a la transcripción de los libros en esta letra.

¿Qué motivó a los doctores del Templo a acometer esta acción? La popularidad alcanzada por la traducción al griego de los Libros Sagrados, llamada “Septuaginta” o “De los Setenta”, realizada desde el año 285 antes de Cristo, hasta los días en que nació Jesús, bajo el patrocinio de los Ptolomeo para la Biblioteca de Alejandría primero, y luego para la comunidad judía de Alejandría. De cada siete citas en el Nuevo Testamento, seis refieren la traducción alejandrina; y sólo una, los libros originales. Los sacerdotes y escribas del Templo considerarían que esto les restaba influencia y poder.

Dado que aprovecharon la transcripción para introducir cambios de redacción que alejaban la transcripción de la traducción alejandrina, la comunidad judía de Alejandría reaccionó, pues consideraba inspirada su traducción, los cambios de redacción no se correspondía con lo traducido, y los doctores del Templo ya les objetaban trece pasajes.

Los paleógrafos estudiosos de los Rollos del Mar Muerto, han encontrado mayor apego de la traducción alejandrina a los libros originales en letra caldea o arcaica, que los transcritos en letra cuadrada o sirofenicia, “masoréticos”.

Es en este contexto que, luego de un infructuoso diálogo con Jerusalén, en Alejandría se escribió la “Carta de Aristeas a su hermano Filócrates”, que narra el motivo de la traducción y su proceso.Y se adivina la intención del escrito cuando, al ser proclamada la traducción en la Isla de Faros, en Alejandría, los traductores lanzan anatema o maldición contra quien se atreva a poner, quitar o variar nada a lo traducido. De esto se infiere que Jerusalén ya demandaba a Alejandría ajustar su traducción a la transcripción. El atrevimiento del escritor del texto pseudoepigráfico, provocó en Jerusalén una reacción airada, pues en su libro “Las raíces judías del cristianismo”, Dan Jaffé nos informa que decretar anatema o maldición concernía sólo a los tres tribunales o sanedrines territoriales que funcionaban dentro de Cananea, y a los tres tribunales o sanedrines jerárquicos que operaban en Jerusalén.

Antes que André Pelletier, que en 1961 tradujo al francés la “Carta de Aristeas”, los fariseos del Templo adivinaron que Filón de Alejandría era el escritor encubierto de la misiva, pues, además del estilo y el uso de alegorías, se adivina su pretensión de figurar al frente de su comunidad en la respuesta que uno de los traductores da a Ptolomeo Filadelfo durante uno de los múltiples ágapes que les ofrece, de que, por sobre la estirpe, “es apto para gobernar el de cualidades naturales que esté familiarizado con la cultura”. Para burlarse de Filón, los doctores del Templo redactarían como respuesta otra pseudoepigráfía: la escueta “Carta de Aristóteles a Alejandro Magno”, en la cual el filósofo griego lamenta haber escrito sus teorías, luego de que un sabio judío lo convenciera de sus errores.

Los alejandrinos advirtieron que con esa respuesta burlona Jerusalén les cerraba las puertas del diálogo, y Filón, herido en su amor propio, y teniendo los medios —su hermano Alejandro era acreedor y consuegro del rey Herodes Agripa I, fiscalizaba el puerto de Alejandría, era naviero, administrador primero y albacea después de la inmensa fortuna de Antonia Menor, y regaló al Templo las planchas de oro y plata para recubrir nueve de sus diez puertas, refiere Flavio Josefo en “Antigüedades Judías”— propondría el “rescate” de los Libros del Templo, para asegurarse de conservar las fuentes originales de la traducción, y para la empresa contrató al posadero Dimas.

Consumado el robo, los alejandrinos no llegaron a tiempo para que los ladrones pudiesen entregárselos, y huir, y Dimas y Gestas fueron apresados y condenados a morir en víspera de la Pascua. Se cuidaron de no reconocer su delito ante Pilato, con la esperanza de que los alejandrinos los rescataran para no perder los libros.

Advertidos de los hechos, los alejandrinos consideraron que sólo con una sublevación que distrajera a los acuartelados en la Fortaleza Antonia, tendrían oportunidad de entrar a dicho fuerte para rescatar a los ladrones, y el único que podía concitar a la plebe con palabras poderosas era Jesús de Nazaret. Así que en cuanto vieron que llegaba a Jerusalén, Filón envió a uno o dos de sus hombres a buscar una entrevista.

En aquel tiempo Alejandría era más Grecia que Atenas, los modos de los alejandrinos eran griegos y ese patronímico recibían. Es así que Felipe comunicó a Andrés que unos griegos querían ver a Jesús. Es seguro de que eran judíos, pues subían para la fiesta de Pascua. Jesús respondió con un discurso en el cual usó en otro sentido las palabras y la alegoría que Filón tenía preparadas para convencerlo: Si el grano de trigo no muere... Porque el instigador debía estar dispuesto a morir. Pero al oír la voz proveniente del cielo, los alejandrinos hicieron mutis (Cf Jn 12, 20-33).

Obstinado, Filón todavía intentaría un motín contratando para ello a Bar Abbas, pero a pocos atrajo, pues los más peregrinos y habitantes de Jerusalén estaban atentos a los últimos discursos de Jesús en el Templo, y también fue apresado y condenado por matar a un hombre en el tumulto.

Los alejandrinos debieron esperar a que pasara la Pascua para ir a buscar los libros en la posada y sus inmediaciones. Pero al llegar a la posada se llevaron un chasco: en la posada estaba una mujer, por lo que tuvieron que abortar la búsqueda de los libros.

Sabedora de que eran impuras las cosas que sustrajo del sepulcro de Jesús la noche del domingo, La Verónica evitó volver a Jerusalén, y se dio a caminar hacia el oriente, en busca de un lugar en el que pudiera resguardarlas. Eludió el camino a Jericó por donde regresaban las caravanas de peregrinos. No lo pensó dos veces cuando advirtió el signo de anatema: una cruz, pintada con sangre animal en el muro perimetral de la posada, con la que el Sanedrín la maldijo por el robo de los Libros perpetrado por sus moradores. Los judíos no se aproximarían. Y menos se atreverían a entrar.

En efecto, la doble proyección de la Sábana revela huellas dejadas por distintas plantas, que identificaron los botánicos Avinoan Danin y Uri Baruch. Tres de estas, endémicas, coinciden en un área de apenas cinco kilómetros dentro de la cual está Qumrán.

Mientras que otras son propias de las tierras sobre los acantilados mediterráneos, como aquél donde se asienta el palacio de Villa Jovis, en la isla de Capri.

Y otras, de tierras mediterráneas y de la península de Anatolia.

Esto acusa la veneración de La Verónica a la impresión de Jesús en la Sábana durante su estancia de dos años en cada lugar y durante su retorno. Tiberio no le regresó la Sábana, pero dejó que la mujer la venerara, acaso agradecido por su salud recuperada.

Y puede ser que las huellas de un primer incendio que afectó la Sábana, y que ya retrata de “Códice Pray”, del siglo XII, cuando la Sábana todavía se hallaba en Constantinopla, se remonten a la estancia de La Verónica en Qumrán. Advertidos de que la mujer conservaba las telas impuras sustraídas del sepulcro, pues de hecho por eso le habían puesto el mote de La Verónica, las autoridades del Templo enviarían a la Policía del Templo a incendiar la posada para destruir los objetos impuros, ya que los arqueólogos también hallaron señales de conflagracíón en Qumrán. Esta acción sería el motivo por el cual La Verónica se negara en adelante a mostrar la Sábana, tal como consigna “La Venganza del Salvador” que se resistió.

Quizá los alejandrinos regresaran a buscar los libros una vez que advirtieron que la mujer había abandonado la posada, pero no los encontraron.

En su Declaración José de Arimatea puntualiza que un sobrino de Caifás, Judas Iscariote, falso discípulo de Jesús, se prestó ante el Consejo Judío para acusar a su Maestro del robo de los Libros Sagrados a cambio de treinta monedas. Y que Nicodemo advirtió al Consejo que no actuara bajo ese falso testimonio. No fue fortuito, pues, que Jesús, La Palabra hecha carne, muriera cuando la disputa por la Palabra inspirada había escalado al robo de los Libros del Templo.

Otra prueba indirecta de que detrás del robo de los libros estuvo la comunidad judía de Alejandría, y de que en Jerusalén se supo esto, es el cambio de actitud de Jerusalén, que hacia el año 124 antes de Cristo, colaboraba con Alejandría en la traducción de los Libros sagrados, según se desprende de la Segunda Carta a los Macabeos: “Los mismos hechos se narraban en los archivos y en las Memorias de Nehemías, donde se relataba, además, cómo este fundó una biblioteca, en la que reunió los libros que tratan de los reyes, los libros de los profetas y los de David, así como también las cartas de los reyes sobre las ofrendas. Del mismo modo, Judas reunió todos los escritos dispersos a causa de las guerras que hemos padecido, los cuales están ahora en poder nuestro. Si ustedes necesitan alguno de estos escritos, manden a alguien que venga para llevárselos” (2:13-15).

Así como en el Talmud: “El Talmud de Babilonia, “Megillah” 9 a, elogia todavía altamente la traducción, pero declara que los Traductores alteraron trece pasajes; afirmación repetida casi literalmente por el Talmud de Palestina, Megillah I. 71 d. (…) Respecto a la versión griega el “Massakhet Soferim” I:7-10 escribe: “Acaeció una vez que cinco (?) Ancianos escribieron la Ley en griego para el rey Ptolomeo. Este fue un día funesto para Israel, como el día en que Israel fabricó el Becerro de oro, pues la Ley no podía ser traducida según todas sus exigencias”.” (cf. Pelletier 97).

“El día en que la Comunidad Judía de Alejandría festejaba en la Isla de Faros los aniversarios de la primera lectura de la Torá en griego, en “Megillat Ta’anith” 50 [del Talmud de Babilonia], pasó a ser «día de ayuno y duelo, para expiar el pecado cometido al divulgar la Torá en la lengua de los Goyim»” (cf. Pelletier 233-4).

Cabe apuntar que la anterior aseveración ocurre hacia finales de la primera centuria, en el tiempo en que se definía el canon sagrado hebreo, y el rabí Akiva supervisaba a Aquila de Sínope para una nueva traducción de la Torá al griego. Mas la prueba concluyente de cuánto hirió a Jerusalén el robo de los Libros y cómo se le adjudicó a la comunidad judía de Alejandría, es que en este mismo periodo se haya proscrito la Tradición judía de Alejandría, cuando esta comunidad era tan antigua y rica en acervo como las de Jerusalén y Babilonia: existen Talmud de Jerusalén y Talmud de Babilonia, no de Alejandría.

Detectado lo que de verdad tienen algunos libros apócrifos, se subsanan las lagunas históricas sobre la Sábana.

Mayor daño que la edición protomasorética y que las alteraciones a los libros apócrifos, es el que ha hecho a los Evangelios el método de la historia de las formas de principios del siglo veinte, pues al considerarlos libros eminentemente doctrinales, les retira el piso de su historicidad, desde la experiencia personal, subjetiva del testigo, para pasar a considerarlos escritos tardíos, e incluso como obras fruto de intereses de poder, hasta anular la historicidad de Jesús de Nazaret. Pero el hallazgo de los rollos del Mar Muerto desdice esta teoría, ya que los manuscritos hallados en la cueva siete son diferentes de los provenientes de las otras diez cuevas. Su base es el humilde papiro, en tanto que los otros están escritos sobre pergamino. Están en griego, mientras que los de las demás cuevas están en arameo y hebreo, arcaicos y protomasoréticos. Fueron datados como del año cincuenta, mientras que los otros se dataron de entre años previos y hasta tres o más siglos antes de Cristo.

Y José O’Callaghan identificó algunos restos de papiro provenientes de esta cueva, con fragmentos del Evangelio de Marcos, de Primera carta de Santiago, de Primera carta de Timoteo, de Hechos de los Apóstoles, de Carta a los Romanos y Segunda de Pedro, sin que a la fecha erudito alguno haya postulado lectura alternativa. Y si para el año cincuenta ya estaban escritos estos libros, debieron estar escritos ya las demás cartas de Pablo y el Evangelio de Mateo. De modo que son textos de los primeros testigos, escritos a menos de veinte años de la muerte de Jesús. Obvio es que los libros hallados en esta séptima cueva, pertenecen a un depósito diferente del robo de los libros del Templo. Este sí, quizá, debido a los esenios que habitaron Qumrán al término del anatema por el robo de los Libros.