La lectura del libro “Los descubrimientos del Mar Muerto”, de Antonio González Lamadrid, significó un giro en la investigación, o, mejor dicho, un salto cuántico. El libro refiere que el análisis del carbono 14 a las telas que envolvían los primeros rollos encontrados entre 1946 y 1956, dentro de tinajas en once cuevas aledañas a las ruinas de Qumrán, medió su data en el año 33. Esto me hizo saltar como cuando advertí otra explicación para la Tabla de Edesa, pues hay un libro apócrifo, la “Declaración de José de Arimatea”, que en su inicio consigna que siete días antes de la ejecución de Jesús, le fueron remitidos dos ladrones a Pilato desde Jericó: Dimas, posadero, acusado de robar del Templo de Jerusalén los Libros de la Ley y el depósito secreto de Salomón, y Gestas, que mataba a los viandantes para robarles, los cuales eran sepultados por Dimas. El año del robo coincide con el de la datación de las telas.

Antes de esta lectura había visto en You Tube un documental sobre los Rollos del Mar Muerto, en el que el arqueólogo Izhar Hirshfeld veía similitudes entre el asentamiento de Qumrán, cuyos exploradores pasaron por monasterio esenio, con una casa solariega que exploraba en una localidad próxima, y otro erudito, Norman Golb, impugnaba que una biblioteca tan amplia —ochocientos rollos— perteneciera a la secta de los esenios, y postuló que tales rollos debieron sustraerlos del Templo de Jerusalén previo a su destrucción hacia el año 69. En tanto que el mismo texto que leía refería que el arqueólogo Rolan Guérin de Vaux, al cual se asignó la exploración de las cuevas y del asentamiento de Qumrán, había hallado dos rollos de cobre, que resultaron ser uno solo, que describía el tesoro de Salomón y, en clave, su ubicación. Y otro arqueólogo, Vendyl Jones, había hallado novecientas libras de incienso, y una diminuta vasija con aceite de una planta ya extinta, que presumió para la unción de los reyes, datados como de la época de Salomón. El libro también da cuenta de un cementerio al oriente del asentamiento de Qumrán, con unas mil doscientas fosas, en las que la mayoría de cuerpos se enterraron con orientación norte sur, contra la costumbre judía de sepultarlos con orientación oriente poniente.

Qumrán se corresponde con la posada de Dimas; y los muertos, con las víctimas de Gestas sepultadas por Dimas. La significativa cantidad de cuerpos da pie a pensar en una complicidad añeja y múltiple, no sólo eran Dimas y Gestas.

Hay otro apócrifo, “La historia de José el carpintero”, que refiere que, contra la voluntad de sus cómplices, salteadores, Dimas ocultó en su guarida en Ein Guedi a la Sagrada Familia, perseguida por los soldados de Herodes durante su huida a Egipto. Es posible que Dimas y Gestas provinieran de las fuerzas de Judas Galileo, rebelado contra el decreto del censo que hizo que la Sagrada Familia se tuviera que desplazar de Galilea a Belén, y las cuales fueron aplastadas por los romanos. Otro que tuvo este origen fue el discípulo Simón Cananeo, también llamado El Zelota. Poco tiempo después aprovecharían un antiguo puesto macabeo: Qumrán, para para continuar en este su lucha en forma encubierta.

Es así que, como Gestas, muchos celotas se convirtieron en sicarios. El celo por la Ley mosaica devino en celo nacionalista. Para celotas y sicarios, los que se amoldaban al dominio de Roma eran unos entreguistas, y eran objeto de su mayor desprecio los peregrinos venidos de tierras extrañas, pues estos no sólo se amoldaban a Roma o a Partia, sino de franco se ponían bajo esos yugos, en lugar de habitar la tierra prometida para defenderla. Por ello en Qumran la mayoría de sepulcros están orientados hacia el poder del norte, al cual los muertos rendían pleitesía.

Quizá nos extrañe ahora la existencia de una posada en medio de la nada, pues Qumrán está a trece kilómetros al sur de Jericó, en pleno desierto de Judea, frente al Mar Muerto. Pero esa es la ruta natural de las caravanas de sur a norte, y en aquel tiempo las engrosaban los peregrinos que acudían a Jerusalén tres veces al año; o cuatro, si consideramos la Pascua suplementaria, estatuida para que todos pudieran peregrinar para dicha fiesta. A quienes provenían de Galilea y de las lejanas tierras del norte y del oriente, esa posada les ahorraba unos kilómetros el último día de marcha, que emprendían ya vestidos con sus galas para entrar festivos a Jerusalén; y, en esa ruta, era el paso necesario de quienes provenían de Arabia, Egipto y Etiopía.

Tenía alfarería para asegurar a los peregrinos que la comida se les servía en trastos recién hechos, es decir, puros; y mediante un complejo sistema de cisternas, almacenaban agua suficiente, incluso para una piscina con un privado para mujeres, donde se podían purificar los peregrinos. Y también divididos, comedores para mujeres y niños, y para varones. Para pernoctar se usaba en campo norte, donde los peregrinos instalaban sus tiendas. De hecho allí se hallaron vestigios de campamentos y fogatas.

Quizá Gestas y sus compinches forzasen su uso, al asaltar en el camino de Jerusalén a Jericó. Los peregrinos evitarían ese tramo acometiendo Jerusalén a través del vado Qumrán. Incluso una de las parábolas pueda tener su raíz en una vivencia infantil de Jesús. El inopinado samaritano llegó a la posada con el herido en el camino a Jericó por los cómplices de Dimas, y a este se lo encargó en momentos en que la Sagrada Familia estaba allí al eludir Jerusalén a su retorno de Egipto.

No parece que fuera Dimas el interesado en robar los Libros, muy riesgosa operación que a la postre le costó la vida, pues para esos años los celotas ya habían mutado su original celo por la Ley, por un celo nacionalista, al grado de derivar en sicarios para poner en entredicho la paz romana. Tampoco pudiera señalarse a alguna de las otras sectas que operaban en Cananea, pues los saduceos compartían poder en el Templo y en el Consejo Judío con los fariseos, y los esenios practicaban con escrúpulo la Ley. El interesado debió ser algún peregrino —y no cualquier peregrino— que representaba a un grupo significativo, y que pagó muy bien por ellos, pero que no estuvo a tiempo para recogerlos y para que Dimas y Gestas pudieran huir.

Dimas y Gestas habrían escondido las tinajas con los Libros en distintas cuevas para asegurar la paga y anticiparse a la traición del contratante. Así, mientras dosificaban la entrega de los Libros, dispersarían a los hombres del contratante en las cuevas, mientras Dimas, Gestas y sus demás cómplices se reagrupaban, pues necesitaron ser más los cómplices para sustraer del Templo 800 rollos en tinajas de una sola vez. ¡Doce carretones!

Para poner en perspectiva este robo, debemos saber que sólo el sacerdote de determinada ciudad podía acceder a los Anales de dicha ciudad, considerados sagrados. Alejandro Magno en sus conquistas, se hizo acompañar por la Ilíada y la Odisea, fuertemente resguardadas, pues las consideró el mayor tesoro de su Imperio. En Roma, los Libros Sibilinos eran resguardados por dos sucesivas guardias, y guardados en un cofre dentro de otro cofre, y muy raramente se podían consultar, cosa limitada por lo regular al César. En cuestión de aprecio, es como si hoy un ladrón vaciara el Museo de Louvre, El Prado, el Hermitage, el Museo Metropolitano, o el Museo Vaticano ¡Vaya que Dimas resultó ser un muy buen ladrón!

Una de las parábolas puede estar inspirada en una escena que se le grabó a Jesús, cuando a sus cinco o seis años retornaba de Egipto con su familia y, rumbo a Galilea evitaron Jerusalén, temiendo José que Herodes Arquelao, sucesor de Herodes el Grande, también quisiera matar a Jesús.

Poco antes de dejar atrás el desierto de Judea, hicieron un alto en la posada que ya tenía Dimas , cuando llegó un samaritano que traía consigo a un judío malherido por su cómplice Gestas y sus secuaces al asaltarlo en el camino a Jericó.

Desde luego que María se prestaría a cuidar al judío herido. Y tanto ella como José reconocerían a Dimas, su antiguo bienhechor. Y seguramente María lo volvió a reconocer cuando, veintisiete años después, transida de dolor, ascendía el Calvario acompañando a Jesús. Es muy probable que las palabras que entonces María le brindara a Dimas, y que éste supiera que Jesús era aquél niño dulce, vivaz e inquietante a la vez, desataran su proceso de conversión en el castigo, y así pudiera perpetrar un robo todavía mayor: el Paraíso.