El traslado de la Sábana a Capri, y el consecuente viaje de La Verónica, daban sentido a la aparición de la Sábana en Edesa, quinientos años después. Especulé que Tiberio o Calígula, le reintegraría la Sábana a la mujer, que desprovista de patrocinio para el viaje, hubo de regresar por tierra a Cananea, sorprendiéndole la muerte en Edesa.

Casi al mismo tiempo me llegó un extenso correo de mi hermano Rodolfo, que se había dado a la tarea de recopilar todo lo que encontró sobre la Leyenda de Abgar y el Mandylion de Edesa. Entre esto estaba la imagen de la Tabla de Edesa, en la que se retrata a dos personajes, identificados como el rey Abgar y el discípulo Tadeo o Adai, y datada como del siglo X. Mi hermano me inquiría si conocía dichas leyendas, y si las había considerado para lo que investigaba. Conocía esas leyendas, y las tomaba como eso, leyendas, y por tanto las deseché, pero no dejaba de intrigarme que en la Tabla de Edesa, Abgar sostenga una tela compatible en proporciones con el Sudario de Oviedo, cuando este nunca estuvo en Edesa, y que los estudiosos relacionasen la Sábana de Turín con esta tabla para justificar su aparición en dicho lugar.

  Varios días le di vueltas al asunto, hasta que una noche me asaltó una corazonada. Salté de la cama, encendí la computadora y visualicé la Tabla de Edesa, y vía Internet, imágenes de bustos de Calígula. Acerté. Un retrato no era el discípulo Adai, sino Calígula, por lo que el otro no debía ser Abgar, sino Nicodemo.

Las figuras inferiores, añadidas, habrían obrado para el  fallo en la datación de la tabla como del Siglo X. El colorido y la búsqueda de expresividad y profundidad de las pinturas superiores, las alejan de la norma bizantina, de figuras hieráticas y colores terrosos que sí tienen las figuras inferiores. En tanto que la desproporción de las figuras superiores acusan la mano de un aprendiz.

Para estar cerca de la Sábana, y en espera de la oportunidad de recuperarla, y en un nuevo desacato a la Ley de Moisés, La Verónica se empleó como ayudante aprendiz del pintor del palacio de Villa Jovis. Así aprendió a pintar. Estaría en tal puesto unos dos años, hasta el asesinato de Tiberio a manos de Calígula y de Nevio Sutorio Macro, sucesor de Sejano como prefecto del Pretorio.

  La Verónica aprovecharía el estado de excitación de Calígula, y de fiesta generalizada, para solicitarle la Sábana como recuerdo de Tiberio. Ignorante de su contenido, Calígula se la concedió, tal como lo retrata, de forma displicente y acaso ya alcoholizado.

La Verónica emprendió de inmediato su retorno a Cananea, urgida por recuperar su velo que dejara en manos de Nicodemo por su precipitada partida de Jerusalén, temerosa de que Nicodemo no la esperase y se deshiciese de esa tela impura. Fue así que aceleró su paso y prolongó sus jornadas hasta llegar a Edesa extenuada, moribunda.

Edesa está a más de doscientos kilómetros del extremo nororiental del Mediterráneo, donde debía Verónica caminar al sur rumbo a Cananea. Dos pueden ser los motivos: el primero, que después de cruzar la cordillera de los montes Taurus por el peligroso paso de las Puertas Cilicias al norte de Tarso, cayera extenuada, y algún buen samaritano se la llevara consigo hasta Edesa. El otro, que advertida de lo peligroso de ese paso, caminara por el norte de Anatolia hacia oriente, y por el norte del nacimiento del río Éufrates tomar rumbo sur hasta alcanzar las tierras que dividen la cordillera de los Montes Taurus de la cordillera de los Montes Antitaurus.

Durante las búsquedas de información por la Internet, llamó poderosamente mi atención esta otra fotografía insólita, en un sitio que prometía hablar de una aparición de La Verónica. El texto que la acompañaba era más bien una pieza literaria, sin nada qué ver con lo que la foto retrata, cuyos insólitos detalles sugieren su autenticidad. El vestido que porta la mujer parece no ser de su talla: estrecho el corpiño, sobrada la falda. Va enguantada, su mano izquierda jala una rienda, y su mando derecha sostiene lo que pudiera parecer una antigua radiograbadora, pero con detalles que desmienten esta identificación, y es notorio el esfuerzo del brazo por mantenerla apartada del cuerpo. La mujer desciende hacia un valle semidesértico, como los que dominan la planicie de Anatolia, y al fondo se adivina una cordillera. Si como considero, la foto es tan auténtica como misteriosa, la valija se corresponde con la caja en la que Velosiano guardó la Sábana al confiscarla.

Esta “caja” sería la antecesora de la valija diplomática, pues, para sus intrigas Sejano violó la correspondencia imperial, y tras su ajusticiamiento y sustitución, Tiberio quiso asegurarse de que en adelante no se pudiera violar su correspondencia. Sobresalen pues de esta los mecanismos para aplicarle el sello, tal como hizo Velosiano. Calígula le reintegró a La Verónica la Sábana en la valija que la guardara Velosiano. Los guantes y el afán de la mujer por tener alejado de su cuerpo la valija, sugiere la impureza de la valija por su contenido: la Sábana. Y sus vestidos, no judíos, pero tampoco romanos ni griegos, pueden señalar a un grupo gitano que la proveyó, para sustituir sus vestidos ya andrajosos por su largo peregrinar.

Sabedora de que su muerte estaba próxima, y enterada de que reconocía a Jesús como Mesías, en Edesa La Verónica le solicitó al rey Abgar atesorar la Sábana, y enviar un emisario a Jerusalén para recuperar el sudario de manos de Nicodemo. No sabiendo escribir, se atrevió a pintar, para que Nicodemo supiera que era su voluntad dejar el sudario en manos del emisario de Abgar. Fue así que lo pintó cuidadoso de no tocar directamente la tela impura, sino a través de otra tela a modo de guante. Nicodemo se reconocería en la pintura. Y pintó a Calígula para explicarle a Abgar primero, y a Nicodemo después, cómo había recuperado la Sábana. Nadie en Edesa, sino La Verónica, conocía las proporciones del sudario, y la disposición de las manchas más distinguibles del rostro que limpió camino del Calvario, y que pintó en la tela en manos de Nicodemo, no de Abgar, en la Tabla de Edesa.

Hay otra pintura, esta otra en la catacumba de san Marcelino y san Pedro, en Roma, que es muy probable que fuera pintada por la misma mano que pintó la Tabla de Edesa, y está considerada la primera representación de Jesús. En esta aparece como el judío que fue, barbado, descalzo, con burda túnica talar, discrepante a otras representaciones paleocristianas de Jesús en las catacumbas, en las que aparece imberbe y ataviado con túnica romana.

La fidelidad de las facciones, aquí de Jesús, y de Calígula en la Tabla de Edesa, señalan a La Verónica como una fina retratista.

Por otro lado, cierta desproporción y rigidez del cuerpo, y la fragilidad de los pies, la describen como deficiente anatomista tanto en esta pintura como en la Tabla de Edesa. Obsérvese, también, cómo los tres personajes son retratados sentados, con un escabel bajo los pies, que también advierten sobre el deficiente dominio de la perspectiva. Tal pintura nos confirma el peregrinar de La Verónica a su paso por Roma, sin descuidar hablar a otros de su gran pasión: Jesús de Nazaret.