Si el Sudario de Oviedo es la tela con el que La Verónica enjugó el rostro de Jesús camino del Calvario, y lo disputó al soldado que se lo arrebató, La Verónica, era la más probable manipuladora del sudario y de la Sábana, aun cuando los Evangelios omiten enunciarla, al quedar proscrita por auxiliar a Jesús condenado por blasfemia, y al disputar una tela impura con el soldado, y si la citaban, les cerraban las puertas de los judíos a sus escritos.

Fue Nicodemo quien la rescató del ostracismo, al exponer, en “Actas de Pilato”, que una mujer llamada Verónica quiso deponer ante Pilato su testimonio en favor de Jesús, de que había sanado con sólo tocar su manto —la hemorroísa sanada a orillas del lago de Galilea, que al igual que Jesús, estaba en Jerusalén para celebrar la Pascua— pero los judíos objetaron que su ley no daba validez a testimonio de mujeres.

La Verónica se habría ofrecido a ayudar a José de Arimatea a sepultar a Jesús, y sabedor de que la mujer ya estaba contaminada, el Anciano accedió, pues así les ahorraba las operaciones más riesgosas de contacto con el cuerpo, que los inhabilitaría para celebrar la Pascua.

También es probable que La Verónica fuera quien sustrajo del sepulcro los mantos sagrados y los demás objetos, pues el mote de “La Verónica” tendría como razón el divulgar que en los mantos había quedado impresa la verdadera imagen de Jesús, pero se lo habrían puesto para mofarse de ella, pues la Ley de Moisés abomina de las imágenes, y vista su consistente conducta desafiante de la Ley: impura se había abierto paso para tocar el manto de Jesús; pretendió que se considerara su testimonio en favor de Jesús; se aproximó a Jesús condenado por blasfemia; disputó su velo al soldado; sustrajo del sepulcro los objetos impuros y los conservaba; y sobre eso, divulgaba la impresión de imágenes.

Dos libros más refieren a La Verónica: “Vindicta”, o “La Venganza del Salvador”, y la “Historia de la curación del emperador Tiberio”. En el primero, es forzada a mostrar la Sábana, que le confisca el representante personal del emperador Tiberio; en el segundo, es ella quien se manifiesta dispuesta a ir a Roma para mostrarle la tela al césar. Ambos confirman que fue La Verónica quien sustrajo la Sábana del Sepulcro y la conservó, y que la tela fue llevada a Roma. La profusión de detalles y el modo apuntan a “Vindicta” como el texto más próximo al original. Ahí se narra que al serle confiscada la Sábana a Verónica, Velosiano jura que nadie verá el rostro impreso en esta, hasta que se lo muestre a su señor Tiberio, y, acto seguido, envuelve la Sábana en su capa y la guarda en una caja que cierra y sella.

Todo indica que las inscripciones en la parte posterior de la Sábana, alrededor del rostro, que sus descubridores asociaron al proceso sepulcral, tienen otro motivo, pues una de las inscripciones explicita “sombra de rostro”, lo que las remite a un momento posterior a la resurrección, cuando el rostro ya estaba impreso en la tela. Se corresponden al juramento de Velosiano.

 En tanto que las huellas numismáticas halladas por Francis Filas, y que también asoció al proceso sepulcral, para cerrarle los ojos a Jesús, también tienen otro motivo, pues en el sudario están las huellas que consignan cómo se le cerró cada ojo a Jesús y se aseguraron de que los párpados se mantuvieran cerrados. Se corresponderían al sello que Velosiano también aplicó a la Sábana, pues así señaló su confiscación, y que tal prenda pasaba a ser propiedad imperial. Este motivo lo confirma que dichas huellas aparezcan rectas por el lado en el que está impreso el rostro, y no invertidas, de haber sido colocadas las monedas sobre los ojos. Además, de haber sido funerario el uso de las monedas, en la Sábana habrían quedado oquedades de radiación en los perímetros de las monedas, como aparece atenuada la radiación del cuerpo en las partes del torso y espalda que ocupó la venda con la que se fabricó el arnés, y no el relieve del dibujo numismático que identificó su descubridor.

Pero todavía me hacía ruido que Velosiano sellara con un anillo con un leptón engastado, la moneda romana de más baja denominación que sólo circulaba en Cananea, y no con un anillo hecho ex profeso como sello, puesto que actuaba como representante personal del emperador Tiberio.

La razón la hallé en Tiberio. Refiere Suetonio cómo Livia Drusila, la madre de Tiberio, se divorció de su padre para casarse con el césar Augusto. Y cómo a la muerte del Druso, hermano de Tiberio y heredero al trono, por intriga de su madre Tiberio fue obligado a divorciarse de la esposa que amaba, Vipsania Agripina, para casarse con Julia Mayor, su antigua suegra, hija de Augusto, que siempre lo ridiculizó, por lo que se exilió en Rodas. Su madre persistió en su propósito de verlo convertido en césar, y se deshizo de los tres herederos el línea, y así Augusto convocó a Tiberio para adoptarlo como hijo heredero. Muerto Augusto, su madre Livia Drusila quiso influir como antes, por lo que Tiberio la confinó en una villa de donde no la dejó salir, y muerta, ordenó que se le dejara insepulta hasta que se pudriera.

Suetonio también consigna que a Druso, heredero al trono, le irritaba que su padre le hiciera más caso a Sejano, prefecto del Pretorio, que a él. Al echarle en cara su zalamería, le propinó una bofetada a Sejano, quien, para vengase, sedujo a su esposa Livia y la convenció de envenenar a Druso para casarse con ella y estar en posición de heredar el trono. Años más tarde la madre de Livia, Antonia Menor, se enteró de la intriga y los denunció a través de una carta que su sirviente el liberto Marco Antonio Palas entregó a Tiberio, quien desde poco después de la muerte de su hijo Druso, hacia diez años ya, se había retirado a su palacio de Villa Jovis en la isla de Capri, dejándole a Sejano el gobierno de Roma y del imperio. Tiberio tuvo que maniobrar por más de seis meses para poder estar en posición de apresar a Sejano en la sede del Senado acusándolo de alta traición, y de inmediato ejecutarlo, sin riesgo de una sublevación. Esto avivó la paranoia de Tiberio, quien se empeñó en perseguir a los afectos a Sejano para matarlos.

Seguramente Velosiano interpretó que su envío a Cananea en pos de una mortaja con propiedades curativas era un ardid de Tiberio para deshacerse de él, y sellar con un leptón le aseguraba a Tiberio en verdad haberse desplazado a Cananea por tal Sábana. También por este motivo aceptaría Velosiano que La Verónica lo acompañara, no a Roma, sino a Capri, donde permanecía Tiberio. Llevar ante Tiberio a la mujer que sustrajo la Sábana del sepulcro, y que ella misma sanara al tocar el manto de Jesús, eran dos seguridades adicionales para Tiberio, y para el propio Sejano, que veía pender su vida de un hilo: la incierta curación de Tiberio, aquejado de una agresiva dermopatía en el rostro, que lo obligaba a mantenerlo cubierto de emplastos para soportarla.

Es así que la Sábana contiene en sí misma el certificado de su autenticidad, elaborado por Velosiano, representante personal del emperador Tiberio, en el mismo momento en que se la confiscaba a la mujer que la sustrajo del sepulcro, y signada por tres testigos de diferente nacionalidad y continente: Tito, rey bereber de La Cirenaica, que alertó a Tiberio sobre la mortaja, con presuntas propiedades curativas; Vespasiano, cuestor militar en aquél lugar; y Natán, que realizara una embajada a Roma para llevar un acuerdo del Consejo Judío de Jerusalén. Mientras el sello de la Julia en el otro ojo lo aplicaría el rey Tito en su condición de dignatario; más tenue éste, por la veneración que dicho rey ya manifestara a Quien lo había sanado de una yaga en el rostro.

El contexto que normó la conducta de Velosiano no es diferente respecto a Poncio Pilato, pues fue Sejano quien lo nombró Procurador de Judea. La presencia de Velosiano en Jerusalén, y el manifiesto interés del césar Tiberio en la Sábana, obrarían para que Pilato justificara ante Tiberio el indebido proceso en el juicio a Jesús con sus “Actas”. Mientras que en la “Guerra de los Judíos” Flavio Josefo nos brinda el contexto en el que las “Actas de Pilato” se copiaron en el Pretorio y pasaron a ser el “Evangelio de Nicodemo”, al consignar que fue ante Gorion, hijo de Nicodemo, que capitularon los soldados que quedaban en la Fortaleza Antonia al desatarse las hostilidades en el año 66. Y que José, nieto de Nicodemo, fue nombrado administrador de la Jerusalén en rebeldía junto con Anás, hijo de Anás. Así Nicodemo tuvo acceso franco al archivo del Pretorio.