La Sábana Santa que se preserva en Turín, es un lino fino, tejido en trama espina de pescado, de 4.34 x 1.10 metros.

Fue hallada en el año 525 dentro de una vasija oculta en un nicho tapiado sobre la puerta occidental del muro de la ciudad de Edesa, hoy Urfa, en Turquía.

Tiene grabado el frente y el dorso de un cuerpo masculino desnudo y, distribuidas anatómicamente, manchas de sangre coincidentes con la flagelación, la coronación de espinas, la crucifixión y la lanzada en el costado, por lo que se le considera la mortaja de Jesús de Nazaret, ya desde que fue descubierta.

En el año 944 se le trasladó a Constantinopla, de donde la sustrajo Otto de la Roche durante el saqueo que en 1204 perpetraron miembros de la IV Cruzada. Tras una breve estancia en Grecia, en 1206 la trasladó a Besacon, Francia. Ante la excomunión del Papa Inocencio III contra los saqueadores y traficantes de reliquias, se le ocultó por más de un siglo, y reapareció en 1335 en Lirey, Francia, ya como propiedad de Godofredo de Charny. En 1453 la adquirió Luís de Saboya a cambio de un estado y un castillo. En 1578 se trasladó la Sábana a Turín, en 1939 se le ocultó en la abadía benedictina de Montevergine para protegerla de las pretensiones nazis por hacerse de esta, y en 1946 se le regresó a Turín. En 1997 un incendio amenazó por tercera vez la Sábana. En 1983 la Sábana pasó a poder del Vaticano por voluntad testamentaria de Humberto de Saboya.

En 1532 un incendio derritió parte de la urna de plata en que se guardaba, provocándole quemaduras simétricas de acuerdo a la forma en que estaba doblada.

Ya antes de su llegada a Europa la afectó otro incendio de fecha incierta, se deduce del Códice Pray, hecho entre 1192 y 1195, pues al dibujar a las mujeres que acuden al sepulcro luego de la resurrección, el autor representa la Sábana por el frente y por el dorso, con las cuatro perforaciones en forma de «ele», replicadas, que le dejó dicha conflagración.

Este códice también es una prueba indirecta de que la Sábana que se conserva en Turín es la misma que se veneraba en Constantinopla, pues al representar el santo entierro, el autor reproduce el cuerpo de Jesús desnudo con las manos cruzadas, mostrando solo cuatro dedos, acorde con la impresión en la Sábana.

Al tomarle Secondo Pía la primera foto en 1989, se supo que la imagen del cuerpo impresa equivale a un negativo fotográfico. Esto atrajo la mirada de la ciencia. Y en 1902 Ives Delague con análisis, y en 1954 Piere Barbet con experimentos, corroboraron que el Hombre de la Sábana sufrió la misma serie de martirios que Jesús.

Jackson, Morten y Schumacher descubrieron la propiedad tridimensional de la impresión del cuerpo, al observar fotos de la Sábana a través del visor 8 del Proyecto Vikingo de la NASA, diseñado para analizar la topografía de Marte; por esta razón, en 1976 fue sujeta a minuciosos estudios multidisciplinarios, dentro de los cuales, se comprobó que las manchas son de sangre humana del tipo AB, y que las características de la impresión del cuerpo son: absoluta superficialidad, extrema pormenorización, comprobada ausencia de pigmentación de cualquier clase, estabilidad térmica y química plenas, estabilidad al agua, no direccionalidad, negatividad, la ya mencionada tridimensionalidad.

Max Frei halló en la tela 58 tipos de esporas de polen de plantas endémicas de Jerusalén, Turquía, Francia e Italia, que confirmaron su itinerario histórico geográfico.

Francis Filas halló en la región del párpado derecho las inscripciones de un leptón, la moneda romana de más baja denominación que sólo circulaba en Cananea en tiempos de Jesús, y la inscripción de una Julia en el ojo izquierdo.

El químico Piero Ugolotti y el paleógrafo Aldo Marastoni, y los expertos en óptica André Marion y Anne Laure Couragey, hallan las inscripciones “Sombra de Rostro”, “Nazareno muerto”, “Tiberio”, “Adán” y “Yo atestiguo” en hebreo, griego y latín, en el dorso de la Sábana, alrededor del Rostro. Y mediante la doble proyección de la Sábana, a modo de visión estereoscópica.

Alan y Mary Whanger, descubrieron que la radiación provino del interior del cuerpo, pues en la impresión se adivina la osamenta a modo de radiografía, también así identificaron huellas del título de la cruz, de los clavos, de la esponja, de la lanza, de las sandalias, de los tefilin o filacterias que los judíos portan atados a la frente y en el brazo izquierdo, y que habrían sido profanados, así como de flores y plantas.

Los botánicos Avinoam Danin y Uri Baruch, identificaron las plantas detectadas por los Whanger. Tres plantas que sólo coinciden en forma endémica en un área de escasos cinco kilómetros cuadrados de diámetro, a unos veinte kilómetros al este de Jerusalén, y a poco más de diez kilómetros al sur de Jericó. Otras, son propias de las elevaciones sobre los acantilados mediterráneos. Y unas más, de Anatolia.

En 1988, se cortó a la Sábana un segmento de una esquina para someterlo a la prueba del carbono 14 por tres laboratorios, que la dataron de entre los años 1290 y 1360. Años más tarde, Sue Benford y Joe Marino advirtieron que el segmento analizado provenía de un remiendo practicado a lo largo de toda la Sábana por las religiosas que le adicionaron una tela de soporte después del incendio de 1532, lo cual fue confirmado por el químico Ray Rogers, miembro del equipo que la estudió en 1973, luego de analizar los hilos preservados por Gilbert Raes, provenientes del corte para la datación, los cuales resultaron ser de algodón, no del lino original de la Sábana.

Bárbara Frale descubrió en los archivos Vaticanos un texto que se remonta al siglo XIV, y que refiere la veneración de una imagen del rostro de Jesús por los templarios, lo cual es indicio del ocultamiento de la Sábana por un siglo, por dicha orden, ante el decreto de excomunión del papa Inocencio III contra los saqueadores y traficantes de reliquias.