Testimonio de Gloria Polo 27/03/2009 Mi esposo mi sobrino y yo estudiábamos una especialidad; el lunes 5 de mayo de 1995 nos dirigíamos a la Facultad de Odontología de la Universidad Nacional de Bogotá a recoger unos libros en medio de una lluvia muy fuerte. Mi sobrino y yo íbamos bajo el mismo paraguas mientras mi marido nos seguía arropado en un impermeable y resguardándose en los muros de la Biblioteca General cuando un rayo nos alcanzó a mi sobrino y a mí. Ambos fallecimos. El rayo entró directo al corazón de mi sobrino a través de una imagen del Niño Jesús inserta en un vidrio de cuarzo que siempre llevaba pendida sobre el pecho y le salió por el pié, sólo le carbonizó el corazón. A sus veintitrés años era una persona entregada al Señor y muy devota del Niño Jesús. A mí el rayo me entró por la parte alta del antebrazo izquierdo y antes de salir por el pie derecho carbonizó mis carnes en el brazo, los senos, las piernas y el vientre, dejando casi todo mi cuerpo en carne viva, y al descubierto mis costillas carbonizadas, al igual que hígado, riñones y ovarios. Yo no escuché el estruendo ni tuve conciencia del cráter que se había abierto a nuestro rededor, ni que durante dos horas y media no nos pudieron asistir porque estábamos electrizados, nuestros cuerpos saltaban y daban toques. En esos momentos yo ascendía a través de un hermosísimo túnel blanco, era un gozo, una paz, una felicidad que no hay palabras humanas para describirles la grandeza de ese momento; era un éxtasis inmenso, Yo iba feliz gozosa, nada me pesaba dentro de ese túnel, miré en el fondo de ese túnel como un sol, una luz hermosísima. Yo digo que es blanco para ponerle color porque terrenalmente ningún color es comparable con esa luz hermosísima. Yo sentía la fuente de todo ese amor. De esa paz... Cuando voy subiendo advierto que he muerto. Entonces pienso en mis hijos y digo: “¡Ay Dios mío, mis hijitos! ¿Qué van a decir esos hijos? Esa mamá tan ocupada, nunca tuvo tiempo para ellos”. Miro mi vida y me da tristeza: me salí de mi casa a transformar el mundo y me quedaron grandes mis hijos y mi hogar. Fue un instante de vacío por mis hijos al que se sucedió otro instante de hermosa plenitud: me abracé con mis bisabuelos y con mis padres, que ya habían fallecido, y con todas las personas con las cuales había interactuado en mi vida. Sólo mi hija de 9 años sintió mi abrazo desde el más allá y la asusté. Ahí me di cuenta de haberme dejado engañar al creer en la reencarnación; siempre andaba viendo a mi abuelo y mi bisabuelo en animales. Ya sin tiempo, lugar, ni carnes, no miraba como hasta entonces: si estaba gordo, flaco, negro, feo; ahora veía el interior de las personas, ¡que lindo ver el interior de las personas! Ver en las personas sus pensamientos, sus sentimientos. Los abracé en un instante, y sin embargo, seguía subiendo llena de gozo. Sentí que iba a disfrutar de una vista hermosa, en el fondo un lago bellísimo. Entonces oigo el grito desgarrador de mi esposo: “¡Qué hubo, Gloria, por favor, no se vaya! ¡Mire, Gloria, regrese: los niños, Gloria; no sea cobarde!”. Veo en panorama y entre todos lo veo llorar con gran dolor. El Señor me concede regresar, pero yo no me quería venir luego de experimentar ese gozo, esa paz, esa alegría. Empecé a bajar lento, a buscar mi cuerpo que encontré sin vida: estaba en una camilla de la Enfermería de la Universidad Nacional; veía a los médicos aplicar electrochoques a mi corazón para reanimarlo. Llego y pongo los pies sobre mi cabeza y una chispa me entra con violencia y entro en mi cuerpo; me dolió muchísimo entrar pues salen chispas de todas partes al volverme como a encapsular en esto tan chiquito. Y el dolor de mi carne. Mi carne quemada. Cómo me dolía. Salía humo y vapor. Y el dolor más terrible: el de mi vanidad. Una mujer con criterios de mundo, la mujer ejecutiva, la intelectual, la estudiante; la esclavizada del cuerpo, de la belleza y de la moda: 4 horas diarias de aeróbicos para tener un cuerpo hermoso, masajes, dietas... Esa era mi vida. Una rutina esclavizante por un cuerpo bello. Me decía con orgullo: “Si tengo senos bonitos es para mostrarlos, al igual que mis piernas”; ahora veía con horror. Toda una vida cuidando un cuerpo y no había cuerpo, y en lugar de senos unos huecos impresionantes. El seno izquierdo estaba prácticamente desaparecido y mis piernas, era lo más terrible que tenía, pedazos vacíos y sin carnes, como chicharrón, negrísimas... Me llevaron al Seguro Social, rápidamente me operan y empiezan a raspar todos mis tejidos quemados. Siempre fui Católica dietética: Una Eucaristía los domingos que si se prolongaba más de 25 minutos me desesperaba. Sólo el miedo al Diablo me mantenía dentro de la Iglesia. Y como sólo a eso se limitaba mi relación con el Señor Dios, todas las corrientes del mundo me arrastraban como una veleta, al punto que cuando oí a un sacerdote decir que el infierno no existía y que los diablos tampoco, dije: “Bueno para el Cielo vamos, no importa como somos”. Eso terminó de alejarme totalmente del Señor. Pero el pecado no se quedó en mí, empecé a transmitir a todo el mundo eso de que los demonios no existen, que son invenciones de los curas, que son manipulaciones. Y aumentó: empecé a decir a muchos compañeros de la universidad que Dios no existía, que éramos producto de la evolución. Anestesiada, volví a salir de mi cuerpo. Preocupada por mis piernas vi lo que hacían los médicos a mi cuerpo. De pronto un instante terrible, horroroso: veo demonios que me vienen a recoger porque la paga soy yo. Empiezo a ver cómo de la pared del quirófano empiezan a brotar muchísimas personas. Aparentemente común y corrientes, pero con una mirada de odio tan grande, una mirada espantosa, entonces me doy cuenta que en mis carnes hay una sabiduría especial y que a todos ellos les debo; que el pecado no fue gratis y que la principal infamia y mentira del demonio fue decir que no existía, y veo cómo se me acercan y me empiezan a rodear pues me vienen a recoger. Ya tendrán idea del susto, el terror; mi mente científica e intelectual no me sirvió de nada. Rebotaba al piso, rebotaba dentro de mi carne, para que mi carne me recibiera y mi carne no me recibía. En ese susto tan terrible, yo salí corriendo y no sé en que instante atravesé la pared del quirófano. Yo aspiraba esconderme entre los pasillos del hospital, pero no, cuando pasé la pared del quirófano... ¡zas! un salto al vacío y entro por una cantidad de túneles que van a los abismos. Al principio tenían luz y eran luces como panales de abeja. Donde había muchísima gente. Pero sigo cayendo y la luz se va perdiendo, así hasta llegar a unos túneles de tinieblas espantosas donde lo más oscuro de lo oscuro terrenal es luz del mediodía allí. No se puede comparar. Ellas mismas ocasionan dolor, horror, vergüenza y huelen mal. Termino ese descenso por entre todos esos túneles y llego desesperada a una parte plana donde no me sirvió de nada la voluntad de hierro de la que me ufanaba, diciendo que a mí nada me quedaba grande, porque yo quería subir e igual estaba ahí, y veo cómo en ese piso se abre una boca grandísima y siento un vacío impresionante en mi cuerpo, un abismo al fondo inenarrable, porque lo más espantoso de ese hueco era que no se sentía ni un poco del amor de Dios, ni una gota de esperanza y ese hueco tiene como ventosas que absorben y yo grito aterrorizada. Sabía que si entraba ahí, ya estaba muerta mi alma. Y en ese horror tan grande, cuando estoy entrando, me toman de los pies. Mi cuerpo entró en ese hueco pero mis pies estaban sostenidos de arriba. Fue un momento muy doloroso y terrorífico. El ateísmo se me quedo en el camino y empecé a gritar: “¡Almas del purgatorio por favor sáquenme de aquí!” Cuando yo estaba gritando fue un momento de un dolor inmenso porque me doy cuenta que ahí se encuentran millares y millares de personas, sobre todo jóvenes y con dolor me doy cuenta que se empiezan a escuchar el rechinar de dientes con unos alaridos y lamentaciones que me estremecían. Muchos años me costó asimilar esa experiencia, me ponía a llorar cada vez que me acordaba del sufrimiento de esas personas; y me doy cuenta que allí estaban todas las personas que en un segundo de desesperación se habían suicidado y estaban en esos tormentos con todas esas cosas que ahí se encontraban, pero los mas terrible de esos tormentos es la ausencia de Dios. No se sentía al Señor. Y en ese dolor empiezo a gritar “¡¿Quién se equivoco?!”. ¡Yo tan santa: jamás he robado, nunca he matado, daba limosna a los pobres, sacaba muelas gratis a los que necesitaban! ¡¿Yo que hago aquí?! Iba a misa los domingos, a pesar de que me consideraba atea nunca falté; si en mi vida falte cinco veces a misa fue mucho. Yo era alma que siempre iba a misa. ¡¿Y yo que hago aquí. Soy católica, por favor yo soy católica sáquenme de aquí?! Cuando yo estoy gritando que soy católica, veo una lucecita y miren una luz en esas tinieblas es el máximo regalo que puede recibir uno. Veo unas escaleras encima de ese hueco, veo a mi papá, que había fallecido cinco años atrás, casi a ras del hueco, un poquito de luz tenía y cuatro escalones mas arriba veo a mi mamá, con mucho más luz y en esa posición como de oración. Cuando los vi. Me dio una alegría tan grande, y empecé a gritar: “¡Papito, mamita por favor sáquenme de aquí se los suplico, sáquenme de aquí!” Cuando bajan la vista y me ven allí, siento el dolor que les invade, un dolor enorme; mi papá empezó a llorar y se ponía sus manitas en la cabeza y temblaba: “¡Hija mía, hija mía!”. Y mi mamá oraba. Entonces me di cuenta que ellos no me podían sacar, pues mi dolor era ver que ellos estaban allí compartiendo ese dolor conmigo. Y empiezo a gritar de nuevo: “¡Por favor, miren, sáquenme de aquí, que soy católica!, ¡¿Pero quién se equivoco?!¡Por favor, sáquenme de aquí!” Y cuando yo estoy gritando esta segunda vez, se escucha una voz, es una voz dulce, es una voz que cuando la escuché se estremeció toda mi alma, y todo se inundó de amor y de paz, y todas esas criaturas salieron despavoridas, porque ellas no resisten el amor ni la paz y había paz para mí cuando me dice esa voz tan preciosa: “Muy bien, y si tú eres católica dime los mandamientos de la ley de Dios”. Fue horrible. Sabía que eran diez pero de ahí en adelante nada, ¡qué hacer! Mi mamá siempre me hablaba del primer mandamiento del amor. Al fin me sirvió para algo “la carreta” de mi mamá. Pensé, aquí me toca “echar esta carreta” de mi mamá, y a ver cómo salgo de ésta, que no se note en los demás. Sí, pensaba manejar las cosas como las manejaba acá: siempre tenía la excusa perfecta, y siempre me justificaba y me defendía de tal manera que nadie se enterara de lo que no sabía. Empiezo a decir: “El primero: Amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a tí mismo” “¡Muy bien!” Y me dicen: “¿Y tú los has amado” Respondo: “¡Yo sí, yo si, yo si!” Es cuando me dicen: “¡No!” Entonces sentí el corrientazo del rayo, porque yo no me di cuenta en qué parte me cayó el rayo, no sentía nada, y me dicen: “¡No; tú no has amado a tu Señor sobre todas las cosas, y muchísimo menos a tu prójimo como a tí misma! ¡Tú hiciste un dios que acomodaste a tu vida sólo en momentos de extrema necesidad! ¡Te postrabas ante él, cuando eras pobre, cuando tu familia era humilde, cuando querías ser profesional! ¡Ahí sí, todos los días orabas, y te postrabas tiempos enteros, horas enteras suplicando a tu Señor, orando y pidiéndole para que él te sacara de esa pobreza y te permitiera ser profesional y ser alguien! Cuando tenías necesidad, querías dinero, ahí mismo un rosario Señor: ¡pero mándame dinero! ¡Esa era la relación que tú tenías con el Señor! Yo veía a mi Señor Dios, de verdad tristemente, como “cajero automático”: Un rosario y tenía que bajar la plata. Esa era mi relación con él. Y me lo muestran, tan pronto el Señor me permitió que tuviese profesión, que empezaba a tener un nombre y empezaba a tener dinero, ya me quedo chiquito el Señor, y empecé a creerme muchísimo; ¡Ni siquiera la mínima expresión de amor con tú Señor! ¿Ser agradecida? !Jamás¡ ¡Ni siquiera abrir los ojos: Señor, gracias por este día que me has dado, gracias por mi salud, por la vida de mis hijos, por que tengo un techo pobrecitos los que no tienen techos, ni comida Señor....! !Nada! ¡Desagradecidísima! ¡Pusiste tan debajo a tu Señor, que creías más en Mercurio y Venus para la suerte, andabas cegada con la astrología diciendo que los astros manejaban tu vida. Empezaste a andar en todas las doctrinas que te ofrecía el mundo; empezaste a creer que simplemente morías y volvías a empezar. Y te olvidaste de la Gracia: que tú habías costado un precio de sangre a tu Señor! Me hacen un análisis de toda mi vida sobre los diez mandamientos. Me muestran que yo decía que adoraba y amaba a Dios sólo de palabra, pues adoraba a Satanás, porque en mi consultorio llegaba una señora a hacer riegos para la buena suerte, y yo decía : “Yo no creo en eso, pero échelos por sí las moscas”. Había puesto en un rincón donde no supieran los pacientes una penca de sábila con una herradura que dizque para alejar las malas energías ¡vergonzoso! Me muestran con el prójimo quién fui yo, cómo le decía a Dios que lo amaba cuando todavía no me había alejado de El; cuando no había empezado andar en el ateismo yo decía: “¡Dios mío te amo!” Pero con esa misma lengua que yo bendecía al Señor, con esa misma lengua le daba garrote a toda la humanidad: criticaba a todo el mundo, a todo el mundo andaba señalando con el dedo, siempre la santa Gloria. Decía que amaba a Dios y era envidiosa y nada agradecida con mis padres: ¡Jamás les reconociste todo el esfuerzo y amor y la entrega de ellos para darte una profesión, para levantarte, y tan pronto tuviste profesión, hasta ellos te quedaron pequeños. Al punto de llegar a avergonzarte de tu mamá, por su humildad y pobreza! Y me muestran como esposa: todo el día renegando desde que me levantaba. Mi esposo me decía: “¡Buenos Días!” y yo respondía “¿Cuáles buenos días? ¡Mire, está lloviendo”. Renegando todo el tiempo. Y con mis hijos... Me muestran que jamás tuve amor y compasión por el prójimo, por mis hermanos de fuera. Y me decía el Señor “nunca pensaste “Pobrecitos, Señor, los enfermos. Dame la gracia de ir allá a acompañarlos en su soledad. Los niños que no tienen mamá, los huerfanitos, cuántos niños sufriendo Señor.”... Mi corazón de piedra: !Total! En el examen de los diez mandamientos no pasé ni medio. ¡Terrible espantoso! Vivía un verdadero caos. ¿Cómo que yo no había asesinado y había matado a tanta gente? Por ejemplo, prodigué a gente necesitada pero daba no por amor, daba por mi imagen, porque cómo me complacía que todo mundo me viera la gracia, y manipular a la gente en su necesidad. Decía: “tome, le doy, pero me hace el favor de reemplazarme en las reuniones del colegio de mis hijos, porque yo no tengo tiempo. Y así a todo el mundo les daba pero les manipulaba; además me encantaba que anduviera un montón de gente detrás de mí diciendo lo buena y lo santa que era. ¡Me creé una imagen! Me dicen: “¡Es que tu tenías un dios y ese dios era el dinero, por él te condenaste, por él te hundiste en el abismo, y te alejaste de tu Señor.” Sí habíamos tenido mucho dinero, pero habíamos quebrado. Cuando me dicen dios dinero grité: “¡Pero cuál dinero, si yo allá en la tierra dejé muchas deudas... y aun murmuran!” Y respecto al segundo mandamiento, ví que de pequeñita tristemente aprendí que para evitar los castigos de mi mamá, que eran bastante severos, las mentiras eran excelentes y empecé a caminar con el padre de la mentira: Satanás, y empecé a volverme mentirosa y a medida que mis pecados crecían, las mentiras se hacían más grandes. Me daba cuenta que mi mamá respetaba mucho al Señor y para ella el nombre del Señor era santísimo, entonces yo pensé y dije: aquí tengo el arma perfecta y comencé a jurar en vano, le decía: “Mami, por Cristo lindo te juro...” y así evitaba los castigos. Imagínense en mi mentira colocando el Santísimo nombre del Señor en las porquerías, en mi inmundicia porque ya estaba llena de tanta mugre y de tanto pecado. Aprendí que las palabras no se las lleva el viento, cuando mi mamá insistía le decía: “¡que me parta un rayo si te estoy diciendo mentiras!”, y la palabra se fue en el tiempo, y sólo por misericordia de Dios estoy aquí, porque en realidad el rayo entró y me atravesó prácticamente en dos partes y me quemó. Me mostraban cómo yo, que me decía católica, nunca tuve palabra y siempre anteponía el Santo nombre del Señor. Me impresionó cómo el Señor pasaba, y todas las criaturas, todas esas cosas espantosas, se botaban al piso en una adoración impresionante. Vi a la Santísima Virgen postrada a los pies del Señor, orando por mí, en una extrema adoración, y yo, pecadora, desde mi inmundicia, de tú a tú con el Señor. Yo “tan buena que he sido”, renegando y maldiciendo del Señor. En “Santificarás las fiestas”, fue espantoso y sentí un inmenso dolor; la voz me decía que yo dedicaba cuatro o cinco horas a mi cuerpo y ni diez minutos diarios de profundo amor al Señor, de agradecimiento o de una oración; eso sí, empezaba el rosario a gran velocidad, tanto que decía: “en los comerciales de la novela alcanzo hacer el rosario”. Me mostraron cómo nunca fui agradecida con el Señor, y lo que decía cuando me daba pereza ir a misa: “pero mamá, si Dios está en todas partes, qué necesidad tengo de ir allá”. Claro, me era muy cómodo decir eso; y la voz me repetía que yo tenía al Señor las veinticuatro horas del día pendiente de mi, y yo no rezaba ni un poquito o un domingo para darle gracias al Señor, y mostrarle cuán grande era mi agradecimiento y mi amor por Él, y me quedaba grande: pero lo peor del caso, es que esa entrada a la iglesia era el restaurante de mi alma, me dediqué a cuidar mi cuerpo, me volví esclava, y se me olvido un pequeño detalle, tenía un alma y jamás cuidé de ella, nunca la alimenté con la Palabra de Dios porque yo muy cómodamente decía que el que lee la palabra de Dios se volvía loco. Y en los sacramentos, nada. Porque, cómo me iba a confesar “con esos viejos que eran más malos que yo”. El maligno me alejó de la confesión y así fue como me quitó la sanación y limpieza de mi alma, porque cada vez que yo cometía pecado no era gratis, Satanás ponía dentro de esa blancura de mi alma su marca, una marca de tinieblas; jamás, solo en mi primera comunión hice una buena confesión, de ahí en adelante nunca mas, y recibí a mi Señor indignamente. Llegó a tal punto la blasfemia, la incoherencia de mi vida que yo llegué a decir: “¿Cuál Santísimo? ¿Qué tal Dios vivo en un pan? Es que esos sacerdotes deberían echarle un poco de arequipe para que supiera rico”. Hasta ese punto llegó la degradación de mi relación con Dios. Jamás alimenté mi alma, y para rematar, no hacía sino criticar a los sacerdotes; hubieran visto cómo me fue de mal con eso; en mi familia y desde muy pequeños criticábamos a los sacerdotes, empezando por mi papá, decían que esos tipos son unos mujeriegos que tienen más plata que nosotros y nosotros lo repetíamos. Luego Nuestro Señor me reprochó: “¿Quién te creías tú para hacerte Dios y juzgar a mis ungidos? Son de carne, la santidad de un sacerdote la hace la comunidad, que ora, le ama y le apoya, y cuando un sacerdote cae en pecado no le deben preguntar tanto al sacerdote sino a la comunidad”. Y el Señor me mostró que cada vez que criticaba a los sacerdotes se me pegaban unos demonios. ¡Cuánto mal hice cuando llamé a un sacerdote “homosexual” y toda la comunidad se enteró, no se imaginan cuánto daño hice. Del cuarto mandamiento: Honrarás a tu padre y a tu madre, el Señor me mostró, como ya les comenté, cómo fui de desagradecida con mis padres, cómo maldecía y renegaba de ellos si no me podían dar todo lo que mis amigas tenían, y cómo fui una hija que no valoraba lo que tenía, llegué al punto de decir que esa no era mi mamá porque me parecía muy poquita cosa para mí. Fue espantoso ver el resumen de una mujer sin Dios y cómo una mujer sin Dios destruye todo lo que se acerca. Lo más vergonzoso fue que yo sentía que era buena y santa. Me mostró el Señor cómo yo creía cumplir este mandamiento por sólo haber pagado los médicos y las medicinas de mis padres cuando ellos se enfermaron, cómo yo analizaba todo a través del dinero y cómo los manipulé cuando tenía dinero, hasta de ellos me aproveché, el dinero me endiosó y los pisoteé. Ví con gran dolor a mi papá llorando con tristeza, a pesar de todo él había sido un buen padre que me había enseñado a ser trabajadora, emprendedora y que debía ser honorable, porque sólo el que trabaja puede salir adelante, pero se le olvidó un pequeño detalle: que yo tenía alma y que él era un evangelizador con su testimonio, y cómo toda mi vida se empezó a hundir a través de todo esto. Veía a mi papá con dolor cuando era mujeriego; él era feliz diciendo a mi mamá y a toda la gente que él era muy macho porque tenía muchas mujeres y que podía con todas; que además él tomaba y fumaba. Con esos vicios que lo hacían sentir orgulloso, pues él no pensaba que eran vicios sino virtudes. Y empecé a ver cómo mi mamá se cubría las lágrimas cuando mi papá empezaba a hablar de otras mujeres. Me empecé a llenar de rabia, de resentimiento y ví cómo el resentimiento me llevó a la muerte espiritual, sentía una rabia espantosa de ver cómo mi papá humillaba a mi mamá delante de todo el mundo. Y empiezo con la rebeldía y le digo a mi mamá: “yo nunca voy hacer como usted, por eso las mujeres no valemos nada, por mujeres como usted, sin dignidad, sin orgullo que se dejan pisotear de los hombres”.Y yo le decía a mi papá cuando ya fui más grande: “Jamás, póngale cuidado, papá, jamás voy a permitir que un hombre me humille como usted lo hace con mi mamá, si un hombre me llega a ser infiel yo me desquito papá”. Mi papá me pegó y me dijo: “¿Cómo se le ocurre?” mi papá era muy machista y le dije: “Así me pegue y me mate, si yo me llego a casar y mi esposo me es infiel yo me desquito para que los hombres entiendan cómo sufre una mujer cuando un hombre la pisotea”. Y me llenó de todo ese resentimiento y de esa rabia, y cuando ya tuve plata empecé a decirle a mi mamá: “¡sepárese de mi papá!”. Y eso que yo adoraba a mi papá. “Es imposible que usted aguante un tipo así, sea digna, hágase valer mamá”. ¡Imagínense: quería divorciar a mis padres! Y mamá decía: “No hija, no es que no me duela, me duele pero me sacrifico porque ustedes son siete hijos y yo no soy sino una, me sacrifico porque finalmente su papá es un buen papá y yo sería incapaz de irme y dejarlos sin papá, además, si yo me separo quién va a orar para que su papá se salve, yo soy la que puedo orar para que su papá encuentre la salvación, porque el dolor y el sufrimiento que él me ocasiona, los uno a los dolores de la cruz y todos los días le digo al Señor, este dolor no es nada, unido a tu cruz me permita que se salve mi esposo y mis hijos”. Yo no entendía eso, y me dio tanta rabia que me volví rebelde, y empecé a promulgar esos mismos deseos de defender a la mujer, a defender el aborto, la eutanasia, el divorcio y a defender la ley del “Talión”: el que me la hace me la paga. Nunca fui infiel físicamente pero dañé a mucha gente con mis consejos. Cuando llegamos al quinto mandamiento el Señor me mostraba que yo era una asesina espantosa y que cometí lo pero y lo mas abominable ante los ojos del Señor: el aborto, miren es que el poder que me dio el dinero me sirvió para financiar varios abortos, porque yo decía: “la mujer tiene derecho a escoger cuándo quiere, o no, quedar embarazada”. Miré en el libro de la vida y me dolió tanto ver a una niña de catorce años abortando, porque yo le había enseñado, porque cuando uno tiene veneno nada bueno queda y todo a lo que se acerca se daña. Unas niñas: tres sobrinas mías y la novia de un sobrino abortaron, las dejaban ir a mi casa porque yo era la del dinero, la que las invitaba, la que les hablaba de moda, de glamour, y de cómo exhibir su cuerpo, y mi hermana me las mandaba allá; miren como las prostituí, prostituí menores que fue otro pecado espantoso después del aborto, porque yo les decía a esas niñas: “No sean bobitas –porque sus mamás les hablan de virginidad y de castidad– es porque están pasadas de moda, ellas hablan de una Biblia de hace dos mil años, y los curas no se han querido modernizar, ellas hablan de lo que dice el Papá, pero ese Papá está pasado de moda” Imagínense mi veneno: Les enseñé a las niñas que ellas tenían que disfrutar de su cuerpo pero que tenían que planificar. Les enseñe los métodos de planificación, y esa niña de catorce años, la novia de mi sobrino llega un día a mi consultorio –lo vi en el libro de la vida–, llorando me dice “¡Gloria, soy un bebe y estoy embarazada”, y yo le dije: “bruta, ¿no le enseñé a planificar?” y entonces me dice: “Sí, pero no funcionó”. Entonces miré y el Señor me ponía allí esa niña para que no se hundiera en el abismo, para que no fuera a abortar, porque el aborto es una cadena que pesa tanto, que arrastra y pisotea, es un dolor que nunca se acaba, es el vació de haber sido un asesino. Es lo peor a un hijo. Y yo, en lugar de hablarle del Señor, le di dinero para que fuera a abortar en un lugar muy bueno para que después no la fueran a perjudicar. Así patrociné varios abortos. Cada vez que la sangre de un bebe se derramaba era como un holocausto a Satanás; es un holocausto, que al Señor le duele y se estremece cada vez que se mata un bebe porque en el Libro de la Vida vi cómo tan pronto se tocan el espermatozoide y el óvulo se forma nuestra alma, una chispa hermosa, una luz cogida del sol de Papá Dios. Tan pronto es fecundado el vientre de una madre se ilumina con el brillo de esa alma y cuando se aborta esa alma grita y gime de dolor, así no tenga ojos ni carne, se escucha ese grito cuando lo están asesinando y el cielo se estremece y en el infierno se escucha otro igual pero de jubilo, de inmediato del infierno se abren unos sellos y salen unas larvas para seguir asediando a la humanidad, y seguir haciéndola esclava de la carne y de todas esas cosas que se ven y se verán cada día peor. Porque ¿cuantos bebes se matan a diario? Y eso es un triunfo para Satanás. Cómo será que ese precio de sangre inocente ocasiona un demonio más afuera. Me lavaron en esa sangre y mi alma blanca se empezó a poner absolutamente oscura. Después de los abortos ya no tuve convicción de pecado; para mí todo eso estaba bien. Terror fue ver cómo en esos pagarés que me tenía el Maligno, mostraban todos los bebes que yo había matado. Inmenso dolor fue ver cuántos bebitos habían sido fecundados y habían estallado esos soles, y el grito de esos bebés desgarrándose de las manos de Papá Dios, por mi concurso. Con razón vivía amargada y de mal genio, haciendo mala cara, frustrada con todos y con mucha depresión; ¡Claro!, me había vuelto una máquina de matar bebés. Y eso me hundió más en el abismo. ¡¿Cómo que no había matado?! Y qué decir de cada persona que me cayó gorda, que odiaba, que detestaba. ¡Ahí ya era aun asesina! Porque no solo con un disparo se mata a una persona, basta con odiarla con hacerle el mal, con tenerle envidia, con eso ya se le mata. En cuanto al sexto mandamiento de no fornicar, dije: “no aquí si no me van al levantar ni un amante porque yo toda la vida solamente he tenido un hombre y es mi esposo”. Cuando me muestran que cada vez que estaba con mis senos descubiertos y mi cuerpo con mis trusas, estaba incitando a otros hombres a que me miraran y tuvieran malos pensamientos y los hacía pecar y así fue como entré en adulterio. Y les aconsejaba a las mujeres que fueran infieles con sus esposos, les decía: “No sean bobas, desquítense, no los perdonen, más bien divórciense”, ya con eso estaba cometiendo un abominable adulterio. Y me dí cuenta que los pecados de la carne son espantosos y son condenatorios, así el mundo les diga que son placenteros y que sigamos actuando como animales. Tristemente me solté de la mano del Señor, porque los pecados están en los pensamientos, en el alma y en la acción. Fue tan doloroso ver cómo todo ese pecado se multiplica; por ejemplo el pecado de adulterio de mi papá dañó y desgarró a sus hijos, a mí me volvió una resentida con los hombres y mis tres hermanos fieles al ejemplo de mi papá, felices por ser muy machos, mujeriegos y bebedores, sin advertir cómo dañaban a sus hijos; por eso mi papá lloraba con tanto dolor viendo cómo su pecado había sido heredado en ellos y en su hija dañándose así toda la obra de Dios. En el séptimo mandamiento, no robar, yo me consideraba honesta, y el Señor me mostró que en mi casa se desperdiciaba la comida mientras se padecía tanta hambre en el mundo, y me dijo: “Yo tenía hambre y mira tú lo que hacías con lo que yo te daba: desperdiciabas. Yo tenía frío, y mira lo que hacías tú, esclavizada con las modas y las apariencias, gastándote mucho dinero en una inyección para estar delgada, esclavizada en el cuerpo; en pocas palabras hiciste un dios te tu cuerpo” Y me mostró que yo era culpable de la miseria de mi país y que yo sí tenía que ver con eso. También me mostró que cada vez que hablaba mal de alguien, le robaba la honra, difícil de devolver; que hubiera sido mas fácil reparar al robarle un billete a una persona porque le había podido devolverle la plata y no robarle el buen nombre a una persona. Le robaba a mis hijos la gracia de una mamá en la casa, tierna, una mamá que les amaba y no la mamá en la calle dejando a los niños solos con el papá televisor, la mamá computadora o con los juegos de video, y para calmar mi conciencia les compraba ropa de marca. Más me horrorizó cuando ví a mi mamá que se cuestionaba y eso que mi mamá fue una mujer santa que nos corregía y nos amaba, igualmente mi papá y dije: “Que será de mí, que yo ni siquiera les he dado nada a mis hijos ...” ¡Qué espanto, qué dolor tan grande!. Me dio una vergüenza porque en el libro de la vida ve uno todo como en una película y los niños decían: “¡Ash! Que se demore mi mamá, que halla un trancón, porque mi mamá es muy cansona y no hace sino renegar”. ¡Qué tristeza ver a un niño de tres años y una niña mayor decir eso! Les robé a su mamá, les robé la paz que iba a dar en mi casa y no los dejé que conocieran de Dios a través mío y no les enseñé a amar al prójimo. Si no amo a mi prójimo yo no tengo que ver con el Señor , si no tengo misericordia no tengo nada con el Señor. Porque Dios es amor. Respecto a “No levantar falsos testimonios ni mentir”. En eso sí que fui experta ¿oyeron? porque Satanás se volvió mi papá; tú tienes a tu papá en Dios o en Satanás. Si Dios es Amor y yo odio ¿quién es mi papá? no era tan difícil y si Dios me habla del perdón y de amar a los que me hacen daño y yo decía “el que me la hace me la paga y hasta allí llegó conmigo”, ¿quién era mi papá? y si Él es la verdad y Satanás es la mentira ¿quién era mi papá? y no hay mentira ni rosada, ni amarillita ni verdecita, todas las mentiras son mentiras, y Satanás es su padre. Tan terribles fueron los pecados de mi lengua, que yo veía con mi lengua cuánto daño hacía cuando yo murmuraba e intrigaba; cuando yo me burlaba: ví cuando apodé, cómo sentía esa persona, cómo le dolía el apodo, como le creaba complejo a una persona gordita que le andaba diciendo gorda, cuánto mal hacia y cómo la palabra siempre terminaba en una acción. Pero fue de codiciar que salieron todos mis males. Ese deseo loco. Yo pensaba que iba a ser feliz teniendo mucho dinero y se me volvió una obsesión tener dinero. Lástima. Cuando tuve mucho dinero, fue el peor momento que vivió mi alma hasta el punto de querer suicidarme. Con tanto dinero y sola, vacía, amargada, frustrada. Ese codiciar dinero fue el camino que me llevó de la mano a extraviarme y soltarme de la mano del Señor. Después de ese examen de los 10 Mandamientos, me muestran El Libro de la Vida, hermoso, yo ya quisiera tener palabras para describirles El Libro de la Vida, empezó desde la concepción. Tan pronto se unieron el par de células de mis padres de inmediato hubo !zas! una chispa, una explosión hermosa y se formó una alma, la mía, cogida de la mano de Papá Dios me encontré un Papá Dios tan hermoso, tan maravilloso: 24 horas al día cuidándome, buscándome, y lo que yo veía que era castigo, no era más que su amor porque él mira no aquí en mi carne, sino miraba mi alma, y miraba cómo me iba alejando de la salvación. Les voy a dar un ejemplo de cómo es de hermoso el Libro de la Vida, yo era muy hipócrita, a alguien le decía: “¡Huy, oye, cómo estas de linda! ¡Qué vestido tan precioso, cómo se te ve de lindo! y por dentro decía “¡Huy, qué pinta tan asquerosa, y todavía se cree la reina! En el Libro se ve igualito lo que yo decía, con una diferencia: mi lengua decía además mis pensamientos, y se veía el interior de mi alma. Todas mis mentiras quedaron al rojo vivo; vivas y expuestas; todo mundo se dio cuenta. Cuantas veces engañé a mi mamá porque no me dejaba ir a ningún lado: “Mami tengo un trabajo en grupo en la biblioteca” y mi mamá creía el cuento, pero me iba a ver una película pornográfica, o a un bar a tomar cervezas con mis amigas, y mi mamá viendo mi vida; nada se escapó; mis padres eran pobres de manera que en mi lonchera llevaba bananos, y nunca tuve conciencia del riesgo que implicaba tirar las cáscaras al piso, pues en el Libro de la Vida vi personas caerse al resbalar con esas cáscaras que tiré, y el Señor me mostró que hubiera podido asesinar a esas personas por mi falta de misericordia. También apareció esa sola vez que hice una confesión bien hecha, con dolor y vergüenza, por no haber devuelto 4 mil 500 pesos que una señora me dio de más en un supermercado, pues decidí no regresar luego de darme cuenta, al ver el tráfico detenido. Me justifiqué: “Quién le manda ser tan bruta”, pero me quedó el dolor, pues mi papá nos había hablado de ser honorables y nunca tocar un centavo de nadie y había fundamentado muy bien la honorabilidad. El domingo me confesé; ni puse atención a lo que me dijo el padre, pero el Maligno no me pudo acusar de ladrona. Mas el Señor me dijo: “Esa falta de caridad tuya cuando no reparaste el pecado, 4 mil 500 pesos para tí no era nada, pero para esa mujer con un sueldo mínimo, era el alimento de tres días y me mostró cómo sufrió y aguantó hambre un par de días con sus dos chiquitos, por mi culpa. Así muestra el Señor, muestra cuando yo hago algo, quién sufrió, quién actúa y como actúa. Me pregunta el Señor: “¿Qué tesoros espirituales traes?” ¿Tesoros espirituales? Y mis manos iban vacías, no llevaba nada, mis manos iban absolutamente desocupadas; es cuando me dice: “¿De qué te sirve decir que tuvieras dos apartamentos, que tuvieras casas, que tuvieras consultorios; que te consideraras una profesional con muchísimo éxito? ¿Te pudiste traer el polvo de un ladrillo aquí? ¿Qué hiciste con los talentos que yo te di?” ¿Talentos? Tenía una misión. La misión de defender el Reino del Amor. El Reino de Dios. Se me había olvidado que tenía alma, muchísimo más que tenía talentos, que yo era las manos misericordiosas de Dios, que todo el bien que dejé de hacer le dolió al Señor. Siempre me preguntó el Señor sobre el amor y caridad al prójimo, entonces me dice: “Es tu muerte espiritual”. Estaba viva pero muerta. Si hubieran visto qué es la muerte espiritual; cómo es un alma que odia: espantosamente terrible de amargada y de fastidiosa, que le hace mal a todo el mundo. Cuando uno está lleno de pecados se ve por fuera oliendo muy rico y con buena ropa, pero por dentro el alma oliendo horrible viviendo en los abismos. Con razón tanta depresión y tanta amargura. Y me dice: “Es que tu muerte espiritual comenzó cuando a ti te dejaron de doler todos tus hermanos. Era una alerta, cuando veías el sufrimiento de tus hermanos en todas partes, o cuando veías en los medios de comunicación, mataron, secuestraron, desplazaron y tú con la lengua por afuera decías ¡Ay, pobrecitos! Pero no te dolían tus hermanos. En el corazón no sentías nada, toda de piedra, el pecado te lo petrificó”. Cuando se cierra mi Libro, ustedes se imaginan la tristeza tan grande mía. Cuánto dolor por haberme portado así con mi Papá Dios, porque a pesar de todos mis pecados, a pesar de toda mi inmundicia y de toda mi indiferencia y de todos mis sentimientos horribles, el Señor siempre hasta el último instante me buscó, siempre me enviaba instrumentos, personas, me hablaba, me gritaba, me quitaba cosas para buscarme, él me buscó hasta el último instante. ¿Saben quién es Papá Dios? El Todopoderoso pidiéndonos limosna a cada uno de nosotros para convertirnos. ¿Cómo le decía: “Óigame Señor, Usted me condenó”? Claro que no, en mi libre albedrío escogí quién era mi papá, y no fue mi papá Dios. Escogí a Satanás, ese fue mi papá, y cuando se cerró ese libro, yo veo que en mi mente, estoy de cabeza porque me voy, a un hueco y después de ese hueco se va abrir una puerta y allí ya voy, y empecé gritarle a todos los santos, que me salvaran, ustedes no tienen idea la cantidad de santos que llegué a saber, yo no tenía idea que sabía tantos santos, era tan mala católica, que pensaba que igual me salvaba San Isidro el labrador, que San Francisco de Asís, y cuando se me acabaron todos los santos, el mismo silencio. Sentía un vacío, un dolor tan grande. Diciendo: “Todo el mundo allá en la tierra pensando ¡que Santa! esperando que yo me muera para pedirme un milagrito. Y miren para dónde me voy. Levanto los ojos y me encuentro con los ojos de mi mamá. Y con mucho dolor le grito: “¡Mami! ¡Que vergüenza! ¡Me condené madre, a donde yo voy, no te voy a volver a ver jamás! En ese momento a ella le concedieron una gracia muy bella. Estaba inmóvil y le permiten mover sus dos deditos hacia arriba y ella señala allí y saltan de mis ojos dos costras espantosamente dolorosas, esa ceguera espiritual. Salta allí, y veo un momento hermoso: Cuando una paciente me había dicho: “Mire doctora, usted es muy materialista y un día lo va a necesitar. Cuando usted esté en eminente peligro, cualquiera que sea, pídale a Jesucristo que la cubra con su sangre que él nunca, nunca la va abandonar. Porque Él pagó un precio de su sangre por usted”. Y con esa vergüenza tan grande y ese dolor. Empecé yo a gritar: “¡Jesucristo, Señor ten compasión de mí, perdóname Señor, dame una segunda oportunidad!” Y ese fue el momento más bello, yo no tengo palabras para describir ese momento: Él baja y me saca de ese hueco. Cuando Él me recoge, todas esas cosas se botaron al piso. Me levanta y me saca en esa parte planita, y me dice con todo ese amor: “Vas a volver, vas a tener tú segunda oportunidad, pero no por la oración de tu familia, porque es normal que ellos oren y clamen por ti, sino por toda la intercesión de todas las personas ajenas a tu carne y a tu sangre que han llorado, han orado y han elevado su corazón con muchísimo amor por ti”. Y empiezo a ver cómo se prenden un montón de lucecitas que son como llamitas blancas llenas de amor. Y veo a las personas que están orando por mí. Pero había una llama grande, grande que era la que más luz daba. La que más amor daba, y miré quién era esa persona que me amaba tanto. Y me dice el Señor: “Esa persona que tú ves allí, es una persona que te ama tanto, tanto que ni siquiera te conoce”. Y me lo mostró: Un campesino pobrísimo que vivía al pie de la Sierra Nevada de Santa Marta, había bajado al pueblo y compró una panela que le envolvieron en una hoja de “El Espectador” del día anterior, donde aparecía una fotografía de mí, quemada. Cuando ese hombre ve esa noticia que ni la leyó de corrido se fue para el piso y empezó a llorar con un amor tan grande, diciendo: “¡Padre, Señor, ten compasión de mi hermanita! ¡Señor, sálvala! ¡Mira Señor, si tú salvas a mi hermanita, yo te prometo que me voy al Santuario de Buga y te cumplo una promesa, pero sálvala!” Imagínense un hombre pobrecito, no estaba renegando ni maldiciendo porque estaba aguantando hambre, con esa capacidad de amor ofrecerse a atravesar todo un país por alguien que no conocía. Y me dice el Señor: “Eso es amor al prójimo” Para mi segunda oportunidad me dio una misión muy específica respecto a lo que ahí me había sucedido, me dijo: “Vas a volver, pero tú no lo vas a repetir mil veces, sino mil veces mil. Y ¡hay de aquellos que oyéndote no cambiaron! Porque van a ser juzgados con más severidad. Como lo vas a ser tú en tu segundo regreso, porque no hay peor sordo que el que no quiere oír, ni peor ciego que el que no quiere ver”. Esto mis queridos hermanos no es una amenaza, el Señor no necesita amenazarnos, esta es la segunda oportunidad que ustedes tienen y gracias a Dios que viví lo que yo viví, porque cuando les abran el Libro de la Vida a cada uno, cuando se mueran cada uno de ustedes, vamos a ver este momento igualito, y vamos a vernos tal cual estamos con la diferencia que vamos a ver nuestros pensamientos, y nuestros sentimientos en la presencia de Dios, y lo más hermoso es que cada quien va a ver al Señor de frente, Él mismo, que con este testimonio, otra vez nos pide limosna para que nos convirtamos, para que de verdad empecemos a ser nuevas criaturas con Él; sin Él no podemos. Que el Señor los bendiga a todos grandemente. La gloria para Dios. La gloria para nuestro señor Jesucristo. Pubicado con la autorización de la protagonista |