Sus enseñanzas sobre el amor y la misericordia debida, y su poder, capaz de calmar tempestades, multiplicar panes, sanar enfermos, expulsar demonios y resucitar muertos, hicieron crecer su fama al grado de que las autoridades religiosas de su tiempo temieron que las desplazara, pese a que enfatizaba ser el Mesías, y Rey de un Reino no terreno. Lo acosaron, pero su sabiduría anonadó a sus hostigadores. Profetizó que lo matarían, pero resucitaría.

Conoció su tiempo. Luego de tres años de prédica acompañada de señales prodigiosas, anticipó la celebración de la Pascua para despedirse de los suyos en ceremonia solemne, y precisarles que nadie le quitaba la vida, que Él la daba para cumplir la Voluntad de Dios, de establecer entre Dios y el género humano una Nueva Alianza, imperecedera, signada con su Cuerpo y con su Sangre, y pagar con su Sacrificio el castigo por toda miseria y rebeldía que se reconociese necesitada de Redención. Sabedor de su suerte, de terror pánico sudó sangre al orar en espera de su aprehensión.

Apresado a traición y al sigilo de la noche, y en juicio sumarísimo con testigos falsos condenado a muerte por blasfemia al reconocerse Hijo de Dios, sus acusadores exigieron al Procurador Romano que lo ejecutase. Al no hallar éste motivo para ello, los miembros del Sanedrín chantajearon a Poncio Pilato esgrimiendo que se enemistaría con el César de no ultimar a quien, al proclamarse Rey, desafiaba a la majestad imperial. Pilato quiso evitar tal pena, primero enviándolo con Herodes, potestad bajo cuya jurisdicción estaba Jesús en su condición de galileo; luego, mandándolo azotar –los ejecutores del castigo se excedieron en éste y con burlas le coronaron con espinas y le pusieron un trapo rojo inmundo a modo de capa–; finalmente, quiso apostar a su libertad sorteándola entre Él y el asesino Bar Abbas, y ante el potencial motín, se allanó a la voluntad de los acusadores, se lavó las manos y declaró: “Soy libre de la sangre de este justo”. Los acusadores todavía respondieron al gesto de Pilato apostando: “Su sangre sobre nuestras cabezas y las de nuestros hijos”.

El también llamado El Cristo (Ungido) cargó la cruz en la que fue clavado fuera de la ciudad de Jerusalén, a la vera del camino, en medio de burlas, ironías y sarcasmos. Murió con prontitud debido al múltiple martirio que se le infligió, tiempo durante el cual el cielo se oscureció. Al acaecer su muerte, la tierra tembló, varios muertos salieron de sus tumbas, sobrevinieron relámpagos y el velo del Templo se rasgó de arriba a abajo.

Jesús fue sepultado con rapidez para guardar la Pascua. El sepulcro fue sellado con una piedra, y al día siguiente fue resguardado por los soldados que dispuso Pilato a la venia de los recelosos sacerdotes que conocían su profecía de que resucitaría al tercer día.

Despuntaba el tercer día desde su muerte cuando la tumba se iluminó luego de rodar sola la piedra que sellaba el acceso, según pudieron ver los atemorizados soldados. Jesús ya no estaba ahí, había resucitado. Las mujeres que acabarían de embalsamar el cuerpo luego de la Pascua, y los dos más cercanos discípulos que alertados por éstas corrieron hacia la tumba, sólo hallaron en ella la Sábana con la que lo cubrieron, allanada con las vendas, y, doblado aparte, el Sudario que había estado sobre su cabeza.

Muchos lo vieron resucitado durante cuarenta días antes de presenciar su ascensión al cielo.